"[...] «Y por otra parte los chicos nuevos usan
todos computadoras, y en el estante de arriba de todo hay otras tres máquinas
arrumbadas, y en el peor de los casos ustedes me avisan y yo la traigo», dice
Chaparro, pero no puede seguir porque ella alza una mano y le dice quedate
tranquilo, Benjamín, llevala sin problemas, es lo menos que puedo hacer por vos,
y Chaparro traga saliva porque hay formas y formas de hablar y de decir, no sólo
por las palabras con ese «vos» al final que suena muy pero muy «vos», sino que
además hay tonos y tonos y ese tono es el de ciertas ocasiones, ocasiones que
Chaparro tiene grabadas una por una con tajos de fiebre en el monótono
horizonte de su soledad, por más que haya dedicado casi tantas noches a tratar
de olvidarlas como las que ha invertido en recordarlas, y por eso finalmente se
pone de pie, le da las gracias, le tiende la mano, acepta la mejilla fragante
que ella le ofrece, cierra los ojos mientras roza su piel con los labios como
hace siempre que tiene ocasión de darle un beso para concentrarse mejor en ese
contacto inocente y culpable y sale casi corriendo hacia la oficina contigua,
levanta la máquina con dos ademanes rápidos y escapa sin mirar atrás por la
estrecha puerta alta." ("La pregunta de sus ojos", pág. 14)
Harrrmoso
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