Mira cada baldosa como si fuera una trampa. Avanza despacio
y con miedo, creyendo que con suerte y astucia se pueden esquivar todos los
obstáculos. Fría, calculadora, estratega. Sigue para el este, a encontrarse con
el sol y refugiarse en su calor. Seguramente es producto de la luz, que cegada,
no ve a su mayor enemigo parado enfrente. Necia, ilusa, confiada. Piensa que
con el escudo y una mente digna de un corazón de piedra puede ganarle. Lo
enfrenta con alma y vida y pierde ambas en sus manos. Él sabía su nombre. Ella vuelve
sobre sus pasos, al oeste donde muere el sol, derrotada. Y esta vez es su
propia sombra la que ocultó a quien dice viene a acompañarla en el camino. Débil,
insegura, rota. Lo deja sostener su mano, y sin aviso y con traición, saquea lo
poco que le queda.
Orgullosa, hipócrita, rencorosa. Aviva el fuego que crece
desde su pecho, creyendo que es un arma para ganar un lugar, y se da cuenta,
muy a su pesar que es el arma que la va a matar. ¿Cómo se protege de lo que
está adentro suyo?
No se dio cuenta de que la libertad estaba
en su boca, al alcance de su mano, y el precio en su corazón.