domingo, 27 de noviembre de 2011

Novela


Pasás imaginando situaciones todo el tiempo. Situaciones que sabés no van a pasar, pero las imaginás igual. Pensás tus reacciones, pensás y combinás lo que sentís con lo que creés vas a sentir en el momento. Jugás a imaginar las reacciones del otro. Todo mentira. Todo flasheo. Nunca pero nunca va a pasar. No vas a reaccionar así, probablemente la situación te supere y te tome por sopresa. No importa cuánto lo esperes siempre te sorprende, y, lo que es peor, te congela. No podés pensar, no podés mirar. Tenés lo que querés, lo que imaginaste o lo que nunca imaginaste, ahí a sólo un paso, y preferís dar la vuelta, pensando, imaginando esta vez que es todo mentira.
Esas situaciones de novela, ese pensar que estás adentro de un libro y que vas a decir y hacer lo correcto, lo más coherente es otro flasheo. Lo más ridículo viene después. Porque en el momento estás tan confundida que ni siquiera podés pensar en lo que hacés. Y cuando llega el “después” te arrepentís. Y como en círculo vicioso volvés a pensar qué tendrías que haber hecho, qué tendrías que haber dicho, qué harías y qué harías si volvería a pasar. ¿Nunca te dijeron que hay cosas que pasan sólo una vez? A veces hay sólo una oportunidad para reaccionar. Lo que vos no entendés es que sí reaccionaste como pudiste, como ibas a reaccionar, y lo que es peor, como volverías a reaccionar. Porque si la situación volviese a pasar vos volverías a hacer lo mismo, y no sólo porque eso te congela, sino sólo porque conocés las consecuencias de esa reacción y no las de otra. La decisión ya la tomaste. ¿Querés probarte? Probá. Quizás me equivoque, y quizás haya cosas que cambien.
De lo que estoy segura es de que un poco de locura no le viene mal a nadie. Todos necesitamos un poco de vez en cuando.

sábado, 26 de noviembre de 2011

Al vacío


En este rejunte de cosas raras que están pasando creo que lo que más me sirvió fue una charla cuasi minita:
P: ¿Por qué no podés admitir bien lo que te pasa?
M: Porque si lo admito estoy en peligro.
P: No, pero si te pasa ya estás en peligro, lo admitas o no. Y además, creo que lo que te pasa es algo que tenés que disfrutar. Nadie te dice que no te des la cabeza contra el piso, pero yo que vos salto al vacío. Tratá de caer bien, pero no te frenes.

Y qué curioso que, más tarde, me vuelva mi propio consejo :
P: Estoy por hacer una locura, ¿decís que la haga? No, ¿no?
M: Saltá al vacío.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

Sueño de Vida II

(Primera parte acá)

-Lira, vamos a empezar. – La secretaria, ahora vestida con un ambo médico, entró al cuarto en el que se encontraba el paciente y se sentó en la silla frente a la máquina. El doctor recogió el papel que había caído al lado del paciente, y lo leyó en voz alta.

Entraste al restaurante sencilla, con tus pelos al viento y tu mirada perdida que me buscaba entre la gente. Me viste y te sentaste, sonriendo como nunca y como siempre. No te esperé más de cinco minutos hasta que llegaste, y no esperé más de cinco minutos a que la conversación te tenga como protagonista. Y hablamos una hora, o quince minutos, sin importar realmente lo que dijimos. Nos fuimos caminando de la mano, y yo cuidándote en exceso. Antes de llegar a casa tuviste una de esas locuras tuyas.. Frenaste sin avisarme, y me preocupé como un loco paranoico. Me miraste, sonreíste y me besaste. “¡Qué tonta!” te dije y acariciando tu panza sonreí. No necesito más si los tengo conmigo. Estén conmigo por favor. Para siempre conmigo. Conmigo. Conmigo.

Al terminar de leer dejó el escrito sobre la máquina. Miró con preocupación a su colega que parecía compartir su sentimiento.
- Hay…un bebé en el medio.
- Sí, lo sé. Será el primero pero no el último.
- ¿Cómo piensa mostrar una realidad donde el chico no se vea afectado? Si el futuro que queremos mostrar va a separarlos y enfrentarlos, el chico…bueno…su vida… - La enfermera estaba claramente contrariada. El médico, por el contrario, caminaba en la habitación pensando una solución. No era la vida del chico lo que lo complicaba, sino que era conexión existiera. Una conexión así es realmente difícil de romper. Tras unos momentos habló:
- El tiempo corre, empezá con lo que escribió él. Y después vamos a trabajar, pero ya no con el futuro, con el pasado. Vamos a distorcionar lo que ve de manera que no sea así. Ampliaremos y exacerbaremos cuanto podamos lo negativo. De esa manera, el niño no va a estar presente.
La rubia procedió según las órdenes, aunque cualquiera hubiese podido notar que no estaba convencida.

El proceso tomó unas horas y cuando todo parecía funcionar como debía algo pasó. La enfermera observaba la máquina confundida, frunció el ceño y cuando descubrió lo que ocurría soltó un pequeño grito ahogado. El doctor, quien controlaba al paciente en ese momento, la miró sorprendido.
- Doctor, ella.. – apenas podía hablar, su voz temblaba – No entiendo cómo pasó, yo no.. Quizás la máquina…Yo nunca hubiese... – la mirada del canoso era cada vez más severa – Ella murió, doctor, en el sueño.
El silencio se apoderó del cuarto. El doctor miraba fijamente al paciente buscando entender.
- ¿Funcionó? Quizás el proceso fue tan severo que… ¿El odio la mató? – preguntó desconcertada bajo sus anteojos.
- No, eso… eso es imposible. – él tomó nuevamente el papel y lo releyó dos veces. Y entonces miró fijo a Lira. Se paró bruscamente al grito de “¡maldita sea!” y salió de la habitación. Pasaron diez minutos, en los que la enfermera no había hecho más que llorar, hasta que regresó.
- Ella murió – pronunció con el más frío tono de voz. – Ella está muerta, y no en el sueño.
Golpeó la pared con su puño tan fuerte que la muchacha se sobresaltó. Quería hablar, quería decir más pero no podía.
- ¿Qué hacemos?
- Desconectalo.
- ¿Qué? Doctor, no podemos; va a morir.
- El dijo que no quería despertar. Él entró muerto. Nosotros sólo cumplimos su deseo.
Con manos temblorosas, Lira desconectó la máquina, y corrió la cápsula. Inocente miró al paciente durante unos segundos esperando que despierte, pero no lo hizo. Nunca lo hizo.

martes, 22 de noviembre de 2011

Mi punto débil


Soy tan débil. Siento que tendría que estar haciendo más para conseguir lo que quiero. O dejarlo ir por completo y olvidarme de todo lo que me hace mal. Siento que soy una estúpida por sentir lo que siento. Hay mil personas a mi alrededor que sirven de ejemplo, y yo acá sigo caminando en la cuerda que sé que se va a cortar, o que ya sé cortó. Y quiero ser esas personas con fuerza. Quiero entender que lo que pasa es nada más que una estupidez. Lo único realmente escalofriante es ser pasajero.
Pienso en ella y se me llena el pecho de orgullo. La persona más risueña y más fuerte que conocí. Una persona muy parecida a mí y que me encantaría llegar a ser. No la veo mucho, pero de las veces que lo hago no hay una vez que no me saque una sonrisa, incluso una carcajada. Se ríe y hace reír. Tiene casi ochenta años y puede hablarte de los wachiturros o joderte con algún chongo. Puedo jurarte que la ves y nunca te darías cuenta lo que sufrió. Perdió a su hijo, y perdió a su marido. Y cuando pienso en ella me doy cuenta de lo estúpida que soy, y de lo que muchos llegamos a ser. Tengo que poder evitar que tantas tonterías (y no tanto) me tiren abajo. Y tengo que aprovechar cada segundo para decir y hacer lo que sienta, ¿por qué? Porque cuando te das cuenta un segundo tarde todo, pero todo, se ve afectado. Y repito, sé que son estupideces, pero si las podemos evitar… ¿no deberíamos hacerlo? Basta de lógica, basta de buscar lo racional. Basta de mentirme/te.

(100 entradas. Nada, eso)

lunes, 21 de noviembre de 2011

Sueño de Vida

- Centro Sueño de Vida, buenos días. Habla Lira.
- Buenos días, Lira, quería pedir un turno para lo antes que puedas.
- Podría ser esta madrugada, a las 3 de la mañana.
- Sí, perfecto, ese. ¿Tengo que llevar algo?
- Sí, cualquier medicación recetada para dormir que esté tomando. Un cuaderno con los últimos tres sueños que recuerde. Y un papel escrito de su puño y letra, donde especifique cuanto más pueda sobre lo que le gustaría soñar. Le recomendamos venir media hora antes de su horario, y, por supuesto cuanto más cansado y relajado pueda asistir, más efectivo será el resultado.
- Buenísimo entonces. Muchas gracias por su atención, Lira.
- Gracias a usted, que tenga un buen día.

Centro Sueño de Vida, clínica experimental.

Llegué a eso de las 2:20, en primer lugar porque la ansiedad me atrapaba, y en segundo lugar, temía que el sueño me venza. Era una sala redonda, con pequeños sillones pegados a las paredes y una suerte de radio en el centro. En uno de los costados estaba la recepcionista. Me acerqué al mostrador, donde una rubia muchacha de unos veintilargos llenaba, de manera increíblemente rápida, algunos formularios.
- Buenas noches – pronuncié al ver que no se había percatado de mi presencia, de igual manera que el resto de los presentes. La muchacha levantó la vista y me miró por encima de sus lentes.
- Mi nombr.. – la rubia me interrumpió antes de que pudiera decir más.
- Sin nombres. Nos manejamos por turnos, apodos, números u alguna característica especial del archivo.
- Vengo por el turno de las 3 de la mañana – debo confesar que me sorprendió su rapidez al hablar, así como su frialdad que contrastaban con su gentil rostro.
- Sus papeles, por favor. No, ese quédeselo – dijo señalando un pequeño trozo en el que había escrito lo que quería soñar – Siéntese por favor, y relea su papel tantas veces como pueda hasta ser llamado. Si lo desea puede utilizar alguno de los auriculares que disponemos para mejorar su relajación. Conéctelo al equipo y seleccione la música deseada.
Obedecí prácticamente al instante, respondiendo sólo con la cabeza. El tono de su voz era suave, pero al escucharla sentí un escalofrío, parecía un disco. Me senté, tomé los auriculares y escuché. Con un poco de miedo leí nuevamente el trozo de papel. Gran ironía era querer soñarlo pero no poder leerlo, las imágenes venían solas a mi mente y los recuerdos florecían como en primavera. Intenté, por vergüenza más que por deber, no dejar caer ni una lágrima. Pasaron unos cuantos minutos y, luego de apagarse la música, esa voz me distrajo:
- Señor, es su turno.

Entré por una puerta a un cuarto más chico lleno de máquinas y cables. En el centro había una camilla, que lejos de ser normal parecía bastante cómoda. Tras unos momentos entró un doctor. Era un tipo de unos cincuenta años, canoso, serio y un poco más alto que yo.
- Tome asiento – me dijo al mismo tiempo en que él se sentaba en una silla de oficina que había detrás de alguna de las máquinas – Bien, en primer lugar déjeme explicarle un poco el procedimiento. Usted se debe acostar en la camilla, y va a leer por última vez lo que leyó los últimos minutos. Luego lo dormiremos, es más efectivo si usted se durmiera naturalmente pero dada la cantidad de pacientes que tenemos no podemos llevarlo a cabo de esa forma. Nosotros nos encargaremos de generar su sueño, tal y como usted lo describió. Al respecto, antes de empezar borre de su papel todos los datos personales o acontecimientos que no sean relevantes a lo que usted quiere ver. Eso facilitará nuestra tarea. El proceso no debería tardar más de cuatro horas, incluso podría tardar menos si se dan las condiciones necesarias para lograr el efecto deseado. – me di cuenta que la costumbre de hablar rápido excedía la recepcionista. Me costó seguirle el ritmo y no interrumpirlo, y cuando estuve seguro de que su discurso había terminado hablé:
- En realidad yo quisiera.. Bueno, para ser sincero... No quiero despertar – sentencié.
El doctor me miro perplejo.
- Entiendo que para usted sea una sorpresa, pero mi idea es más que un sueño. Yo necesito que el efecto, o el proceso dure indefinidamente. Yo necesito mi vida de nuevo, la necesito de nuevo. 
- No es el primero y supongo que no será el último en reclamar su vida. Y se la daremos, se lo aseguro. – Tendió su mano para estrecharla con la mía, y lo hizo tan fuerte que no me inspiró nada de confianza. Sin poder contenerme pronuncié:
- Me gustaría explicarle el motivo de est.. – nuevamente no pude terminar mi frase. Las costumbres del lugar no me convencían del todo, pero era mi última oportunidad.
- No, recuerde que no nos sirve nada personal para este experimento. – La última palabra captó toda mi atención. Si bien sabía en dónde me había metido, escuchar la palabra “experimento” de su boca me inquietó un poco. Por fin era literalmente una rata de laboratorio.
Me recosté en la camilla y confirmé mis sospechas, ya sea por el experimento o no, era de verdad inexplicablemente cómoda. El doctor, parado al lado de la camilla, conectó unos cables a la máquina y acercó una suerte de cápsula a mi cabeza.
- Lea lo que escribió, intente imaginar tanta cantidad de detalles como le sea posible, y cuando termine cierre los ojos inmediatamente.
Tragué asustado, respiré profundo y leí otra vez el maldito papel. Cerré los ojos y, sin poder evitarlo dos veces, una lágrima cayó mojando la cama. 

(Continúa acá)   

jueves, 17 de noviembre de 2011

Al carajo


Me quiero ir. Me quiero ir. Me quiero ir. Ya. ¿No entendés? No quiero estar acá. No quiero tener la tentación de leer y/o hacer cosas. No quiero caer en la tentación sabiendo cómo termina todo. No quiero estudiar. No quiero hacer parciales ni dar finales. No quiero ver fotos. Quiero irme. Lejos. Quiero volver a la playa. Quiero volver a Añatuya. Quiero ver otras cosas. Quiero saber otras cosas. Quiero reírme. Quiero estar tirada al sol hasta quemarme toda y que mis amigas se rían. Quiero decir “Sí, cambié”, y quiero decir “sigo siendo yo”. Quiero fuerza de voluntad. Quiero un desinterés que me motive. Harta. Podrida. Cansada. ¿De qué? De querer tanto y no poder. De querer hacer tantas cosas y saber que no puedo hacer ninguna. No puedo. Y no quiero, pero sí quiero.
Quiero gritar. Quiero salir a caminar a sin llegar adonde sé que no tengo que ir. Quiero poder ir y no querer. No quiero querer y no poder. Quiero escuchar verdades, pero completas, sin filtro. Quiero cerrar. Quiero irme al carajo.

¿Raye minita? Yo diría raye existencial.

"When the days they seem to fall through you, well just let them go" - The universal - Blur

miércoles, 16 de noviembre de 2011

Protagonista

Hace algún tiempo ya que, cuando estás sola, te preguntás qué te pasa. No es por ponerte filosófica, es simplemente que no entendés. Te preocupás por saber por qué de un día para el otro todo se volvió tan complicado. Ya era simple, ya era algo que estaba arreglado. Bueno, claramente no fue así. Y ahora si me permitís yo te pregunto: ¿hace cuánto no te reís? Pero fuerte. Que se escuche, que se sienta. De esas carcajadas que no podés callar, que contagian aunque no sepas el motivo; esas que a veces tenés que mirar el piso para que se terminen. Esas que llegan hasta las lágrimas (en mi caso, demasiado fácil). Y me atrevo un poco más y, en este caso, te pregunto: ¿qué hacés ahí sentada, pensando estupideces (o no tanto) cuando podés ir y reírte con todas tus fuerzas? Te pasas la vida quejándote porque querés ser feliz. Te digo una cosa: andá y sé feliz. Mientras que estés ahí, dejando que todo pase, nada va a pasar. Pensá en ese momento en que pensaste “no puedo ser más feliz”, “esto realmente me hace bien” y andá y buscalo. ¿Te hace feliz bailar descontroladamente? Subí la música y hacelo. Pero hacelo ahora.
Una vez alguien, no sé quién, me dijo algo como “No trates de entender lo que va más allá de vos”. Debo confesar que en el momento sentí casi como si fuera la corrección de un parcial, o como si mi profesora de secundario me gritara algo como "eso es impertinente". Pero ahora, cuanto más lo pienso, menos estoy de acuerdo con esa frase. (Ojo, respeto mucho la diversidad de opiniones, y está perfecto que no piensen como yo) Pienso que si todos siguiésemos esa regla no habría avance alguno, nadie se la jugaría en serio por algo que quiere/piensa porque “va más allá de uno”. No digo que porque yo quiera o piense algo realmente lo logre, para nada, pero con intentarlo no pierdo nada. Y de hecho, gano el no preguntarme después “¿qué hubiera pasado si…?” y por experiencia propia puedo decirles que quedarse con esa pregunta en la cabeza es horrible. Por eso te digo, si querés algo, andá y buscalo. Nadie lo va a hacer por vos, y hay cosas que si no las peleás no las ganás.

"Una sola vida tenés, ¿por qué esperar sentado? Si la muerte llega una vez, ¿para qué estar preparado? Que el destino está escrito, eso es mentira también. Te mantienen apagado" - Volar - NTVG

(Sisi, ya sé, siempre con la misma idea, y siempre ignorando mis propios consejos)

martes, 15 de noviembre de 2011

Terraza


En un tonto (tan tonto) intento de leer mucho (NO lo logré) sin distraerme (Pasé los últimos días viendo todos los videos del nuevo amor de mi vida. El único problema es el idioma) decidí que mi lugar era la terraza. Durante la mayoría del tiempo vacía, da el sol, reina el silencio y corre mucho viento. Ideal. ¿Cómo empecé? Yendo a sacar fotos. Tranqui. Todo bien. Y dije..¿por qué no? Veinte años sin usarla. Es el momento. Y desde hace dos o tres días que subo a la tarde a leer, tranquila. Hoy no tan tranquila. Digamos que quise “matar dos pájaros de un tiro” (¡qué feo! Hay que usar otro. Inventar uno nuevo) y, ya que estaba en la terraza leyendo, ¿por qué no tomar sol? Para el que me conoce especialmente esto tiene sentido, no porque sea una fanática de lo que mi papá suele llamar “la bola amarilla” (aunque reconozco que me está cayendo un poco mejor), sino para dejar de confundirme con la pared. Simple. ¿Blanca? Sí, muy, casi te diría transparente. Una mierda, creeme. Ni piropo hay para las blancas (y con “piropo” no me refiero a un piropo precisamente). Subí a la tarde a leer, bajé una hora y media después… ¿Qué decirte? No estoy como otras veces, roja casi incendiada, pero sí te digo que me duele todo, y que además sirvió para darme cuenta de que soy casi un personaje. Un ojo notablemente más grande que el otro, nariz de payaso (ahora peor porque está roja), totalmente blanca, con el pelo..onda Hermione en la primera película (pero mucho peor), y muy petiza. Ya sé que no les importa, pero quería contarles mi descubrimiento. Y si alguien quiere inspirar un personaje en mí no me ofendo, pero avisen.
Ah, ¿les dije que no tenía protector solar? No hace falta que lo digan, ya lo sé.
(Reírse de los defectos vale ¿no?)

Hoy, no estoy tan de acuerdo con lo que dijo Gloria en “El hombre de tu vida”: “sótano no, sótano no, terraza, terraza” Sí ¡pero con protector, la puta madre!

Excusas


Levante la mano el que esté cansando de las excusas. Ah, somos muchos por lo que veo. Bien. ¿Por qué mierda nos escondemos atrás de las excusas? Son como escudos, ¿viste? Podría también mencionar que son siempre las mismas, o por lo menos hay algunas que son “populares” por así decirlo. Clásica, pero lejos: “me colgué”. No sé, a mí me parece que si vas a poner una excusa poneme una mejor. Me siento más humillada porque usás el “me colgué” que porque me ponés una excusa. Triste, muy triste.
Ahora en serio, ¿por qué las usamos? ¿Será por la ya famosa falta de huevos? ¿Realmente tenés que usar una? Me cansan tanto que llega un momento en que prefiero un “no tenía ganas” a un “me colgué”. Y creo que es casi peor cuando la excusa no es por no hacer, sino por hacer. Me refiero a buscarle una razón para hacer algo, por ejemplo: “¿Lo llamo? ¿Y con qué excusa?”. PE-LO-TU-DA. Si necesitás una excusa sos una pelotuda; ahora bien, si necesitás una porque hay alguna razón externa que te lo impide seguís siendo una pelotuda, pero por querer llamarlo.
Hacete cargo. Si querés hablar con una persona, hablá, sin excusas, sé sincera/o por una puta vez. Y si sabés que no lleva a nada dejate de pelotudez y cortá por lo sano, pero SIN EXCUSAS.
Para mí el problema de los pretextos pasa por dos cosas. Por un lado el no querer hacerse responsable, porque si hacés algo que no salió bien decís “no, pero yo lo hice por esto nada más”. MENTIIIIIRA. Vos lo sabés, yo lo sé, al pedo la mentira. Y por el otro lado, si no usás una excusa, te tenés que hacer cargo de lo que te pasa, de que realmente lo hacés porque querés y ¡upa! Cuesta darse cuenta de lo que sentís, eh. ¿No te suena ese famoso dicho de que no te das cuenta de lo que tenés hasta que lo perdés? Y es así, pero ¿por qué? Porque no querés asumir lo que te pasa. Y lo asumís sólo cuando no podés no tenerlo. Una mierda, ¿viste?
Las excusas no son más que una careteada, pero jodida porque a veces hasta te las creés vos, y ahí es cuando la cagás.

“No pensamos en cómo nos destratamos pero después brindamos por el amor” – Con la misma vara – NTVG

jueves, 10 de noviembre de 2011

Un segundo


Un segundo es lo que pasa entre una cosa y otra. En un segundo se te puede caer el mundo. Y es ese maldito segundo, tan insignificante en su nombre, que así como viene, casi casual, casi porque así debe ser, se va. Pero vos no te fuiste, estás ahí, y para vos no se fue, para vos va a durar toda la vida. Te desarma. Y se repite una y otra vez; queda grabado en tu mente, con imágenes, sensaciones, olores, ruidos. Tu cuerpo reacciona por vos: tus ojos se humedecen y se te seca la garganta. Lo curioso es que nada de eso te importa. No te das cuenta si te rozan, no te das cuenta de nada físico, estás aturdido y no te importa. Lo único que sí sentís es cómo se quiebra tu alma. Te cuesta respirar, y todas las fuerzas que un segundo antes tenías te abandonaron. Sentís tantas cosas, incluso encontradas, querés gritarlas pero ni siquiera podés abrir la boca. Y entonces aparece lo más valioso, y, admitámoslo, lo más doloroso: esos recuerdos que te dan lo mejor de lo que ya no está, pero también hacen arder como nunca esa grieta que ahora tenés. Y no sabés qué es lo mejor, no sabés por qué los segundos siguen corriendo. La incertidumbre te supera, y no te importa. Ya ni siquiera mirás con los ojos, lo único a lo que le prestás atención son a esas imágenes que pasan por tu cabeza, y querés grabar cada una con todos los detalles. Pero el tiempo sigue pasando, y esas imágenes se vuelven borrosas, y los detalles se desvanecen. Y no sabés si era un día de semana o un fin de semana, no sabés si estabas a la derecha o a la izquierda. Incluso llega ese puto día en que no sabés si los recuerdos son recuerdos, o son recuerdos de recuerdos de invenciones.
El momento es hoy. El segundo es ahora (cualquier semejanza con alguna propaganda es pura coincidencia). Los detalles están todos los días. Ese detalle que tiene en su sonrisa, que tiene un hoyuelo en un solo cachete. Ese tic inmanejable de las manos. El darte cuenta de que está ciega y se acerca mucho a la computadora sacándote una sonrisa. El morderse un labio cuando piensa. El sacar un poquito la lengua cuando está concentrado. El bajar la cabeza para evitar una mirada por estar avergonzado. 
Hay tanto en el día a día que vale la pena ser visto... No busqués más en lo que no podés tener. Buscá en lo que tenés y recordá con una gran sonrisa lo que pasó.



"younger now than we were before" - Never say never - The Fray

martes, 8 de noviembre de 2011

Desvelar

Eran las dos de la mañana. Un poco más, un poco menos. Otra vez el insomnio me atacaba. Sin pensar mucho lo que hacía, aunque en realidad hacía meses ya que no pensaba, me acerqué a la ventana. El silencio del día de semana fue casi escalofriante. La ciudad dormía, quizás acompañada. Inspiré profundamente hasta llenarme con el aroma a rocío que entraba. Nada más reconfortante a esta hora. Nada más vivo. Vi la luna, blanca, brillante y rodeada por una neblina que le daba el toque místico que faltaba. Deseé, un poco egoísta, que las luces de las calles y las casas se apagaran para que sólo la luna y las estrellas iluminaran el cielo. Cuando mi lucidez volvió, y logré salir de ese estado de sopor, pensé qué hacer. Algo causaba este maldito insomnio y claramente tenía que poder solucionarlo. O buscarme un trabajo nocturno que permitiera, por lo menos, hacer un uso productivo de mi tiempo.
Me alejé de la ventana y comencé casi sin darme cuenta a caminar (como una loca) por el departamento mientras pensaba. Llegué al espejo y con un poco de espanto me vi. Imagen patética si las hay. Mi pelo enmarañado era sin duda la estrella. Quien no me conociera podría pensar que minutos antes fui atacada por algún oso, o que me había quedado sin Internet. Mis ojos, de no haber sido por el maquillaje corrido y por las grandes ojeras a las que ya me había acostumbrado, podrían haber sido los de una actriz apunto de casarse. Mi nariz…bueno, ya no tenía arreglo, y por más que lo tuviera no iba a gastar tanto en una operación. Mi fantástico pijama, una gran remera que llegaba hasta mis piernas, pronunciaba aún más mi pequeña estatura. “Mm…sexy” fue todo lo que pude pensar y una sonrisa se dibujo en el reflejo que me miraba. Dejando el humor a un lado, miré bien. Me concentré en los ojos. Esos ojos cansados que rogaban cerrarse. Yo los conocía mejor que nadie, y había algo en ellos fuera de lo común, o, mejor dicho, había algo que faltaba. Ya no brillaban. No devolvían la mirada, estaban vacíos. Intenté con fuerza perforarlos intencionalmente, pero nada ocurría. No tenían expresión. Me di cuenta entonces, a los golpes, que no era mi mirada la que buscaba encontrar ahí. Y era lo único que había. ¿Por qué me empeñaba en buscar otra cosa? Lo único en lo que tenía que ocupar mi tiempo era en devolver a mis ojos mi mirada. No pensar sólo en lo que quiero tener, sino en lo que puedo tener. Si no puedo tener lo que quiero me paralizo y llego al final del camino. Frente a mí sólo hay una pared y es eso lo que veo en mis ojos, una pared blanca que frena mis pasos. Tengo que dar la vuelta y cerrar ese camino. Mirar la luna, mirar el sol, que ardan mis ojos si hace falta, pero que vuelvan a brillar.
Dejé mis pensamientos vagar un rato más, hasta que volví a la pieza. Sin hacer ruido para no despertarlo, me metí en la cama y cerré los ojos. Habrán sido las cuatro de la mañana, y no sé si fue por las divagaciones o por resolver problemas pero finalmente me dormí.

(De nuevo, perdón por la falta de foco)

jueves, 3 de noviembre de 2011

No soporto


- la gente homofóbica. Me caen realmente mal. Y mirá que soy una persona que trata de entender la posición de los demás, eh. Pero no hay forma, no lo entiendo ni lo voy a entender. Para mí (y si suena cursi, ya saben, me chupa un huevo) es gente que no cree en el amor, o por lo menos no lo termina de entender.

- ir por la calle caminando atrás de gente que va poderosamente despacio. Y no es porque vaya apurada, eh. Es simplemente irritante.

- la gente que se para EN EL MEDIO de la calle para mirar alguna vidriera o algo. Es la gente que generalmente me choco. Estúpidos.

- Gran Hermano. ¿Hace falta agregar algo más? Te digo que me divierte más jugar al Munchkin que ver Gran Hermano. (Sí, geek mode on)

- la gente que usa el Blackberry para contar la cotidianeidad de su día. A ver, ¿tenés un teléfono con algo de tecnología y lo usás para contarme si comiste ravioles o si estás aburrido? ¿Posta? Dah.

- hablar antes y después de un parcial. Antes me molesta porque me doy cuenta de que, si es domiciliario, tengo que corregirlo; y si es presencial, de que hay cosas que no sé. No soporto hablar después por el solo hecho de que me doy cuenta cuán mal me fue.

- la gente que no entiende el humor. Así como si me hacés reír (con chistes entre geeks e intelectuales) tenés un 70 adentro, si no tenés buen humor es muy probable que me caigas mal.

Borde



Me siento en el borde. Miro para abajo y no sé si estoy cerca o lejos del suelo. Tampoco sé si es bueno estar cerca o lejos. Estoy tan en el borde que con un movimiento me quedo arriba y con un movimiento me caigo. El problema no es saber dónde estoy, el real problema es que no sé qué quiero. No sé dónde quiero estar. A veces creo que lo mejor es quedarme arriba, pretendiendo que es el único suelo posible, que el de abajo no existe. Pero siempre vuelvo al borde y lo miro preguntándome si no sería mejor estar allá. En el suelo hay dos caminos, pero desde acá arriba veo que ninguno tiene una salida. No quiero que me empujes ni que me traigas a salvo. ¿Para qué? Si la que tiene que tomar decisiones soy yo. Pero soy tan fácil, que con una palabra me convencés.

(Qué ironía, tengo que tomar decisiones y no puedo elegir ni qué foto poner)

"Tengo miedo de mirar hacia abajo y resbalar, o que se corte la cuerda y desde acá caerme" - El equilibrista - NTVG