Un segundo es lo que pasa entre una cosa y otra. En un
segundo se te puede caer el mundo. Y es ese maldito segundo, tan insignificante
en su nombre, que así como viene, casi casual, casi porque así debe ser, se va.
Pero vos no te fuiste, estás ahí, y para vos no se fue, para vos va a durar
toda la vida. Te desarma. Y se repite una y otra vez; queda grabado en tu
mente, con imágenes, sensaciones, olores, ruidos. Tu cuerpo reacciona por vos:
tus ojos se humedecen y se te seca la garganta. Lo curioso es que nada de eso
te importa. No te das cuenta si te rozan, no te das cuenta de nada físico, estás
aturdido y no te importa. Lo único que sí sentís es cómo se quiebra tu alma. Te
cuesta respirar, y todas las fuerzas que un segundo antes tenías te
abandonaron. Sentís tantas cosas, incluso encontradas, querés gritarlas pero ni
siquiera podés abrir la boca. Y entonces aparece lo más valioso, y, admitámoslo,
lo más doloroso: esos recuerdos que te dan lo mejor de lo que ya no está, pero
también hacen arder como nunca esa grieta que ahora tenés. Y no sabés qué es lo
mejor, no sabés por qué los segundos siguen corriendo. La incertidumbre te
supera, y no te importa. Ya ni siquiera mirás con los ojos, lo único a lo que
le prestás atención son a esas imágenes que pasan por tu cabeza, y querés
grabar cada una con todos los detalles. Pero el tiempo sigue pasando, y esas imágenes
se vuelven borrosas, y los detalles se desvanecen. Y no sabés si era un día de
semana o un fin de semana, no sabés si estabas a la derecha o a la izquierda. Incluso
llega ese puto día en que no sabés si los recuerdos son recuerdos, o son recuerdos
de recuerdos de invenciones.
El momento es hoy. El segundo es ahora (cualquier semejanza
con alguna propaganda es pura coincidencia). Los detalles están todos los días.
Ese detalle que tiene en su sonrisa, que tiene un hoyuelo en un solo cachete. Ese
tic inmanejable de las manos. El darte cuenta de que está ciega y se acerca
mucho a la computadora sacándote una sonrisa. El morderse un labio cuando
piensa. El sacar un poquito la lengua cuando está concentrado. El bajar la cabeza para evitar una mirada por estar avergonzado.
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