Todo empieza simple. Lo miro y sí, me interesa. Hablo (una, dos, TRES veces, ponele). Y ya está. Me caso. Hace eso que me interesa, y que, a pesar de que miles de millones de personas lo hacen, es diferente. Y empiezo a darle importancia a cosas que normalmente no le daría, solo porque a él le interesan. Y por ahí lo veo caminando o en algún lado (un lugar que no frecuenta) y me sale, casi sin control, gritar su nombre (seguido de un “tragame tierra”). El tiempo (no mucho, por supuesto) pasa y yo sigo buscando la forma de comunicarme con él. Y llega el día, no sé cuándo, en el que me encuentro imaginando cosas. Mi vida. Mi vida con él, novio. Mi vida con él, novio, y más. Mi vida con él, marido.
Pero entonces… Un día lo veo, y me presenta a la novia. Y yo pienso “pero.. ¿cómo? ¿Y qué pasa con nuestros cuatro hijos?”
Y ahí caés. No solo lo viste poco, y hablaste aun menos con él, si no que no lo conocés ni él a vos.
Los riesgos de idealizar un hombre:
- Que no te dé bola, y vos caigas un día en que no te conoce, ni te registra, y está con otra.
- Que sí te dé bola, y al tiempo te des cuenta que no era lo que esperabas, y ¡qué palo te pegaste, boluda!
¡Qué cagada es idealizarlos, pero cómo nos gusta!
Yo sé que sos perfecto, así que ya sabés.. te espero!
(Bienvenidos al lado B: mi lado minita)