Estaba delante suyo. Por fin. Lo veía y no sabía bien quién
era, hasta que todo se volvió borroso y por un segundo entendió que quien estaba
ahí con ella era él. Y como si no quisiera darle tiempo a reaccionar se acercó
peligrosamente hacia ella, quien, un poco confundida no pudo más que quedarse inmóvil.
Un solo movimiento en falso y tendría que buscarlo de nuevo, todo otra vez. Qué
equivocada estuvo en el momento en que se atrevió a soñar. Ese pecado se paga
caro.
Él le sonreía con una sonrisa de costado, tan provocadora y atractiva
que era imposible que fuese real. Acercó su cara a la suya con una lentitud
envidiable y como reflejo ella cerró los ojos. “¿Por qué te alejas? ¿Tanto
miedo tenés?”. Su voz sonaba firme y aún así suplicante. Ella podría haber
usado una y mil estrategias, después de todo era la duquesa del camuflaje, se
la conocía como la mujer de mentira, aunque para él era La mujer. Ella podría
haber dicho cualquier cosa porque podía hacerlo, y sin embargo su respuesta fue
tan sincera que sonaron como palabras de alguien más. “Porque amo sentir el aire
entre nuestros labios”. Algunos creerán que con eso alcanzó, y que se
entregaron al amor. Pero, mis queridos, él no era tan frágil, ni siquiera con
ella. Ni siquiera con su voz. De ella me gustaría poder decir lo mismo, pero ahí
estaba, por primera vez diciendo lo que quería y no lo que correspondía. Dos
personas jugando con lo más peligroso; supongo que eso tendría que haber hecho
el final totalmente previsible. Ella seguía pidiendo a gritos mudos que la
bese, y él, disfrutaba más el control sobre ella, que pocos conseguirían y que,
lo convertía en quien, a fin de cuentas, manejaba a todo lo demás. La mujer no
se animaba a abrir los ojos, no solo por la cercanía, sino porque nadie le
provocaba más temor que su debilidad. Hay que admitir que, a pesar de su
fortaleza y control, él aprovechó cada segundo para embriagarse con ese
momento, o eso le gustó pensar a ella. Pero nada dura para siempre, y la
guardia, el escudo o lo que fuere que interponía entre ellos desapareció en el
momento en que ella lo miró a los ojos, y sus labios por fin se convirtieron en
uno. Sus manos y brazos jugaban a ser ciegos y conocerse cuanto pudieran. Casi
podría decir que en su mente sus latidos se sincronizaron. Hasta que la sirena
de los bomberos como una intrusa la distrajo.
Acá, mis queridos, la historia se divide, y hay dos
versiones con finales curiosamente diferentes.
En uno ella mira a su interlocutor, que le sonríe entre tímido
y amistoso. Y la culpa, la maldita aparece cuando nuestra protagonista lo mira
totalmente avergonzada. ¿Cómo se atrevió a soñar con él? ¿Por qué ahora la pasión
se siente como una mala palabra dicha por un nene? Pero es la duquesa, y con su
mejor disfraz lo sigue entre indiferente y distraída, mientras que siempre en
silencio mira sus ojos y sus labios, deseándolos, creyendo encontrar ahí algo que había
perdido.
En el otro tiene delante al protagonista y antagonista, mirándola
serio y confundido. “¿Y? ¿Vas a seguir callada toda tu vida o me vas a decir
algo?” escupe con indiferencia. Por primera vez las palabras no acuden a su
boca. Lo mira con decepción y, dando media vuelta, se va como si nada. Con una
mochila en sus hombros y una morzada en su boca.
A mi me gusta pensar que hay un tercer final, más real que
los otros, donde no importa quién fue él, y en el que ella no sucumbe a su
pensamiento o sentimiento y se da cuenta que lo que está en frente no es más
que un cuento más inventado por ella. Porque si lo cree no es más que perder su
propio juego, pero por suerte para ella the game is never over.