miércoles, 26 de febrero de 2014

La sin-nombre

Después de más de un año a un ritmo ligero y cómodo, disminuí la velocidad y por fin me detuve. La escalera me preguntó por qué no avanzaba. No supe qué contestarle. Miré a mi alrededor, y todo apareció: un gran vacío negro con escaleras rectas y largas sin baranda, que ascendían hasta perderse en la oscuridad. En cada una había una persona idéntica a mí, algunas sonreían y subían deprisa, otras tropezaban pero no se paraban, algunas enojadas subían a regañadientes. Era la única que estaba detenida, y desde hacía ya algún tiempo. Más del que podía decir. Las breves conversaciones que había mantenido con la escalera habían sido frívolas como las charlas de ascensor, y ahora, que estaba perdida, se le ocurría ser directa y profunda. Me senté, ofuscada. Nada me parecía raro, pero todo me enojaba. Una situación ridículamente molesta. La escalera repitió la pregunta, paciente, como si no la hubiera oído, imposible con el silencio que golpeaba en esa habitación.
- ¿Qué opciones tengo? – pregunté con tanta franqueza y tranquilidad como me fue posible.
La respuesta se hizo esperar, mientras yo miraba con nostalgia la parte inferior de la escalera. Recordaba que había suelo, pero había perdido la cuenta de los escalones que me alejaban de él. La oscuridad, gemela de la superior, me devolvía la mirada, orgullosa.
- Subir o bajar, básicamente – respondió con incredulidad.
- O quedarme sentada acá.
- Si, bueno, no creí que fueras de las que desisten. Pensé que odiabas estar estancada.
- ¿Y qué pasa si cambié de opinión?
- ¿A qué le tenés miedo?
- A la oscuridad.
- Entonces no podés ni subir ni bajar. Por lo menos no podrías si eso fuera verdad, pero en realidad le tenés miedo a no saber qué hay arriba.
- Sí, puede ser, le tengo miedo a la incertidumbre, pero más me aterra ver la meta, el fin y no poder llegar. Morirme sabiendo lo que quiero, deseándolo y nunca poder tenerlo.
- ¿Y morir acá sentada es la solución? Inteligente… Si subís, tenés un camino largo, difícil y desafiante, te podría decir. ¿Angosto? ¿Más empinado? No sé. Vos tampoco. Pero estoy segura de que después llegás al final. ¿La meta? Puede ser.
- ¿Y si bajo? Es el camino más corto. ¿Qué pasa ahí?
- Una subida más larga.

Por fin, alguien me ayudaba a subir.

Por fin, mi escalera tenía nombre.

sábado, 1 de febrero de 2014

Furia














Todos necesitamos gritar alguna vez, ¿por qué el cielo debería ser diferente?