Hace algún tiempo, y
por recomendación de soncosasmias.com leí la genialidad del Tumblr “Yes, but no” (Yo no soy muy fanática de Tumblr, pero ese me pudo) y decidí hacer algunos
de mis “Sí, pero no” y sus derivados:
Sí, estudio para
maestra jardinera
No, no es un cursito
de goma eva y recortar maripositas.
Sí, soy de escribir
sobre relaciones
No, no siempre hablo
de mi vida personal
Sí, mido un metro y
medio
No, no me gustaría
ser más alta
Sí, soy mujer
No, no sé cocinar
Sí, me gusta bailar
No, no me gusta ir a
bailar
Sí, odio el
cigarrillo y el alcohol
No, eso no significa
que “soy sana”
Sí, me gusta el Age
of Empires
No, no soy buena
jugando
No, cuando salgo no
me cago de frío porque “queda bien”
Sí, soy una mujer
No, no me gustan Los Simpsons Sí, los entiendo pero no me causan gracia
Sí, me gusta la
fotografía
No, eso no quiere
decir que me saco auto fotos con un epígrafe de alguna canción
Sí, soy paciente
No, eso no significa
que me podés boludear
Sí, me gusta leer
No, eso no es “estar
al pedo”
Sí, parezco de 15
años
No, tengo 20
Sí, soy petisa
No, no te podés
apoyar en mí como si fuera una mesa
Y qué
casualidad que la vida esté llena de instantes. Últimamente es un poco así,
todo lleno de cambios abruptos e irónicamente inmodificables. Pero también es
un poco de repetición de sucesos. Porque pasó algo que te sacudió, tenga que
ver con vos o no, al menos te hizo reflexionar. Y la vida, porque no es otra
más que jodida, se empeña en reflejar eso en cuanto se pueda, incluso en la
ficción.
La
realidad es que uno se modifica con cada cambio. No te creas esa estupidez de
que somos iguales. La cosa está en aceptarlo. Yo creo que madurar es un poco
eso, cambiar, reconocerlo y lo que es aún más difícil, aceptarlo; siempre y
cuando se esté cambiando para lo que se quiere ser.
Tanto
cambio nos envicia, y nos hace caer en la tentación (y en la trampa) de creer
que todo se puede cambiar. Ojo, que yo soy de las que pregona que el cambio es
posible, pero no todo. Hay cosas que no dependen de uno, hay cosas que
simplemente son. La vida misma, le dicen. ¿Será que por eso nos sumergimos en
la ficción? Ver exactamente lo que queremos y saber que no somos los únicos.
¿Sentirnos acompañados? ¿Dejar de sentirnos diferentes? ¿Pero no era esa la
gracia: marcar las diferencias para que cada uno se vea por quién es? No
importa porqué, pero queremos poner sobre otro lo que sentimos, incluso lo que
pensamos y queremos decir, pero no nos animamos. Porque las consecuencias no se
pueden cambiar, y la cosa es hacerte cargo… cosa jodida si las hay.
(Se
vienen spoilers de: How I met your mother, Grey’s anatomy, Dr. House y Papeles
en el viento, así que si no los querés ver yo que vos dejo de leer ahora.)
(¿Seguro?)
Es fácil,
¿no? Encarar una ficción. Porque nada es real, lo único que te mueve es esa
estúpida, molesta y adictiva identificación. Pero por más que no sea real, por
más que sea todo un invento de momento, ahí tampoco se puede cambiar lo que
pasa. Y podés gritar, patalear, llorar, y sentarte con las manos alrededor de
las rodillas, enojada como una nena, pero no va a cambiar. Lexie va a seguir
muerta, y Mark va a tener que luchar por vivir por Sophía sin el amor de su
vida. El mono va a seguir muerto y en tu cabeza vas a tener grabadas algunas
palabras, como esas dos que te quedaron atragantadas aunque lo sabías desde la
página 1: “tengo cáncer”. Y House va a seguir siendo ese pobre hombre,
egoísta y tierno que quiere estar en el momento de la muerte de su amigo pero
que por pelotudo no puede.
Pero como
la ficción es como la vida, también Marvin Waitforit Eriksen va a vivir feliz,
Ted va a conocer a su mujer y Barney se va a casar. Te demuestra de vez en
cuando que las cosas, en una de esas, salen bien.
Nada más
y nada menos que un puto reflejo de la realidad. Todo lleno de médicos y
problemas, nacimientos e incertidumbre. Ese incómodo momento en el que la ficción y la realidad se mezclan por un rato para confundirte y jugar un rato a espejarte con tus miedos. Porque la vida se empeña en ponerte los
pies sobre la tierra.
Yo no te conocí. Apenas si vi un par de fotos tuyas, viejas,
dobladas y amarillas. Y ¿por qué serás tan parecido a otra persona? De chiquita
no entendía mucho, veía cuadros grandes colgados y no sabía nada. Hoy miro las
fotos y veo una parte tuya. ¿Será por eso que me gusta la fotografía? Tu primo
dice que me gusta lo mismo que a vos, sacarle fotos a la gente. Me hubiese
encantado conocerte.
No entiendo bien por qué, pero tengo esa sensación de que
vos y yo nos hubiésemos llevado de maravilla. De tu primo puedo decirte que
estoy orgullosa, y de tu vieja que es una grosa de la vida y me genera mucha
admiración.
A vos tampoco te
conocí, y me da bronca. Simplemente supe un par de cosas de vos, por boca de
otros y no en los mejores momentos. Y no me pregunten por qué pero veo tu foto
y por alguna razón me ayuda a saber que estoy encaminada. Y siempre que escucho
Cero a la izquierda, me acuerdo de vos. Cuando uno la tiene clara, se nota
aunque no lo conozcas.
No sé si tengo derecho a escribir esto, tampoco sé si está
bien o mal, pero cuando te pasa, te pasa.
Y los días siguen enseñándonos que la muerte no se asocia a
la vejez, y nosotros hacemos oídos sordos, desperdiciando nuestra vida y la de
los demás.
“El error, muy humano al parecer, de considerar que la juventud y la
muerte nunca andan juntas”. – Eduardo Sacheri, “Papeles en el viento”.
Lunes. 16 hs. Leyendo un apunte que parece de un curso de
espionaje me di cuenta de la hora, no me pude concentrar más. Voy o no voy o
voy o no voy (“si no quiero no voy, ahora no voy nada” Les Luthiers, grandeza
pura). “A la mierda todo y todos, yo voy”. Viajé en el bondi como el orto, como
de costumbre (Nota aparte: Necesito el acuerdo tácito de todos de que: si hay
alguien alto va a la mitad del bondi que llega a agarrarse del palo alto, y los
que están a mi altura son para los corchitos de estatura no-privilegiada, como
yo. Fin de la nota). 17:15, llegué. Empecé a caminar siguiendo la gente y… ¡Upa! Seis cuadras de cola. Paciencia, y a caminar. 18:06, aaaaadeentro (no, mucho Perros de la calle, un poquito de partidos de rugby). Busqué la sala y… ¡cola
de nuevo, la puta madre! 19:00, entré. Enjoy. Risas y risas, compré. 20:30 salí
y corrí a comprarlo. Por supuesto, chicos, más cola. Listo. Corrí de nuevo,
nada más ni nada menos que a otra cola. Y el tiempo pasaba y la fila avanzaba
despaciiiito. 22:00, ¡llegué! Le entregué el libro para que lo firmara Eduardo Sacheri:
-Uh, ¡otra más!
- Sí, otra más- mi sonrisa era enorme, quiero que lo sepan.
-¿Qué es de tu vida?
-Dejé Letras
-¿Por qué?
-Porque no me convencía. Y me anoté en el profesorado.
-Está bien, carrera corta y te permite ver qué querés hacer
después.
-Sí, estoy re enganchada.
-Me parece muy bien, pero igual vamos a hablar de Letras. En
algún momento nos vemos y hablamos de Letras. Quizás no por ese lado, pero…
-…Sí.. ¡Sí, obvio, cuando quieras!- Imaginate mi cara; en mi
voz se notaban mis ganas de gritar. Qué felicidad la mía.
Hoy es todo un torbellino. Nada está fijo, todo viene y va. Son
todos flashes que es un segundo te clavan pequeñas espinas que vos querés
ignorar. Es un mundo lleno de ironías. Es todo yo, yo, yo y yo, pero dejás que
la vida te la maneje otro. ¡Qué horror ser el garante de tu propia libertad y
no permitirla! “¿Pero cómo puedo no aferrarme a otro si todo me marea? Si no me
agarrás la mano, me caigo” se escucha de fondo, a lo lejos, casi como un
susurro entre tu llanto. Todo es torbellino, pero de todo te podés sostener. Qué
ironía que hoy, que la vida es pública para todos, la mentira se escabulla
perfecto entre el amor, y funcione casi tan bien como el camaleón. Qué locura
que pidas ayuda a quien está más lejos, a quien ya no te puede ni quiere ayudar.
Qué vergüenza que busques excusas baratas de cine para justificar acciones que,
si el amor y el respeto fueran lo que pregonás, no hubieses hecho. Qué tristeza
que la persona que más te conozca no sea la que te grita amor, sino aquella que
te aleja a más no poder. ¿Y si el torbellino se pudiera aprovechar? ¿Y si todo
eso no fuese más que un “volver a empezar”? La tormenta no hace más que dar
vuelta la imagen que te devuelve el espejo, o ese que vos creerías que era, y vos
te dejás de reconocer en él. Ese viento hace que te tire aquello de lo que más
te agarrás, y cuando te das cuenta tenés la mano roja y lastimada. El flasheo
de los relámpagos ilumina en un segundo tus miedos, y el trueno te grita que
pasando por al lado y enfrentándolos se los olvida. Dejate llevar un poco, sacudí
cada parte de tu cuerpo. Mové la cabeza, los hombros, los brazos, los dedos, la
cadera, las rodillas, los pies… Vos tenés el papel protagónico. Y cuando creías
que esa maldita tormenta era la causa de todos tus dolores te das cuenta de que sirvió. “Pero no me puedo soltar, me tira tanto la mano que es imposible, y me
duele, pero no me quiero caer” ya el susurro se convierte en un grito desesperado,
impaciente. Cuando la tormenta calma y solo unas gotas caen sobre tu cabeza te
das cuenta: solamente tenés que abrir la mano y soltar.
“Hoy me despido de todo, todo lo que me hizo mal” - Cero a la izquierda - NTVG
Qué misterio aprender y entender cosas, y sentir gran admiración por dos personas que nunca llegué a conocer.
(Por esas casualidades de la vida, después de escribirlo escuché "Gritar" de Luis Fonsi en Q (sí, no hace falta que digan nada), y me pareció que iba perfecto con esto.) (Ah, sí, que alguien les diga a los del programa de karaoke que el tema dice "nadie me ha prohibido gritar", no "a prohibido"...)