Ser chico tiene más de una ventaja, pero últimamente la que
más extraño es no tener miedo a caerse. Es raro que diga esto cuando soy la que:
“Fulanito, no te cuelgues así que te vas a golpear”. Pero es genial, hasta
cierto punto, porque no les importa, se divierten, y si se golpean se les pasa
enseguida y vuelven a intentarlo.
Partamos de la base, quien les habla tiene un nivel de
torpeza extremo. Caerme en la calle, caminando, es más común de lo que debería,
y la vergüenza es todavía peor. Y, como diría Natalia Carulias, siempre hay
alguno que te ve.
El otro día fue diferente. El otro día me caí 3 veces, y por
suerte no caminando, pero en un lugar lleno de gente. No me importó. Volví y
traté, aterrada, pero traté. (Bueno, más o menos, evité lomas porque no les
pude ganar). Me animé a avanzar, a paso de tortuga, por no saber frenar.
Qué lindo sería en la vida no saber frenar, no poder parar,
aunque el miedo te cale los huesos, seguir hasta llegar o perder.
Aprendí mucho, en poco tiempo. Metáforas de la vida.
Rodá, que no pasa más nada.
Caete, que más del piso no vas a llegar.
Y todo es mejor cuando hay un sostén.


