No sé bien qué es la libertad, no sé si se siente, se
entiende, lo logra o se tiene. Lo pensé y lo pienso, pero no soy más que presa
de mi mente tratando de responder algo que no se puede.
Hasta que sonó la música y ya nada importa. La clave se hizo
presente, mientras yo ilusa la buscaba en otro lado.
Nunca viví la libertad en su máxima expresión como cuando
bailo. Y no me refiero al baile profesional, que requiere entrenamiento y que
supongo también genera gran gratificación. No, hablo simplemente de tener la música
tan fuerte en mus oídos que ya no hay más mundo que me rodea. Estoy sola y sin
pensar, sin querer, sin voluntad me muevo y bailo. Tan simple y perfecto como
eso. Nada ni nadie me ata, ni me miran ni me juzgan. Los movimientos, como dije
alguna vez, pierden los límites y me animo a todo. No hay público, y si lo
hubiera no me importaría porque lo que importa, mueve, motiva y emociona es lo
que me pasa dentro, lo que me impulsa a seguir. Pasión que no se va, no cansa
ni aburre.
Bailar.
Hasta que se quemen los pies, y se derrumbe mi espalda.
Bailar.
Es solo sentir y sonrerír.
Bailar.
Me hace feliz.
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