Particularmente, una de las cosas que me maravillan (y me parecen más útiles) del lenguaje es la ambigüedad. Por supuesto, como todo, esa útil característica del lenguaje puede servir para lo bueno y lo malo. Es escritos, como los de este blog, sirve para mensajes subliminales y otras cosas (como el famoso “doble sentido”), que es claramente lo bueno. Pero también trae problemas. Muchos problemas. O no, porque quizás son problemas para alguien solamente, y entonces, quizá (y solo quizá) no sea considerado un problema.
Ejemplos sobran, pero con un par creo que dejo claro lo que digo:
“siempre, siempre fuiste vos” Como diría Les Luthiers: Analicemos la frase.
Siempre quiere decir “en todo o en cualquier tiempo”. Pero si “siempre” significa eso, hay una clara contracción con “fuiste”. Supongamos que se quiso decir algo así como “desde tal fecha hasta ayer”. Lo más divertido es el qué, porque lo que anteceda a esa frase puede darle millones de significados diferentes. A modo de ejemplo:
La pelotuda siempre, siempre fuiste vos.
La culpable siempre, siempre fuiste vos.
La que se hizo la película siempre, siempre fuiste vos.
El segundo (y último) ejemplo: “y gracias”. En este caso también se puede creer tanto cosas buenas como cosas malas, Ejemplifico:
Corro dos veces por semana, y gracias.
Esa afirmación puede significar dos cosas: que no me gusta correr, pero que por obligación tengo que correr dos veces por semana; o que sí me gusta correr, pero que, por ejemplo, por falta de tiempo, no puedo correr más que dos veces por semana. Claro, el ejemplo es trivial, pero si no lo fuera podría crear más de un problema.
Estas ambigüedades, que pueden tener miles de sentidos, no tienen ninguno. Ya no son problemas, porque sea como sea lo dicho, dicho está y ya pasó.
Lo dije, lo repito y lo voy a seguir repitiendo: cuidado con lo que decimos.