Dejó el escudo, la coraza y las cadenas de su mente sobre la
mesa. Se vistió con su vestido de pasión, lo justo y suficiente para cubrir sus
miedos. Se maquilló de valiente y salió a la vida. Por fin pasó el semáforo de
lo correcto para encontrarse con el pecado, "¿y qué?" sentía, ya
no pensaba. Lo único que escuchaba era su agitada respiración mientras su mirada encontraba la salida, y brillando en ella, la tregua. Por hoy no le importaba ser alguien a quien había que
esconder, ser lo prohibido y por eso lo hermoso. Hoy su motor era el disfrute en
su máxima expresión. Mañana se arrepentiría, pero por suerte mañana era otro día.
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