Me dicen “relatame algo que te haya marcado” y yo por alguna
razón me pongo a recordar algo de la infancia, o a buscar, mejor dicho. No hay
nada. Ok, seguro algo hay pero no me acuerdo. Anécdotas graciosas seguro miles,
porque de chiquita era “divertida” (¿dónde habrá quedado eso?) pero nada que me
marcó. Creo que me estoy quedando sin opciones. “Ya fue, de última invento.” pienso,
hasta que me doy cuenta de que lo que me marcó está mucho más cerca. Nada más y
nada menos que dos años atrás...
Decidí a ir a un viaje que realmente no
sabía cómo iba a ser y mucho menos cómo iba a desempeñarme yo allá. Si hay que
ser sincera, no me tenía mucha confianza (tenía muy poca, de hecho) sobre todo en ese
tiempo. Tenía miedo. Y lo más loco es que sé que mucha gente no hubiera dado
dos mangos por mi rendimiento allá. “Una mina de ciudad que le tiene fobia a los bichos,
que no come, es histérica y especial no se lo va a bancar”. Quédense tranquilos,
yo también me sorprendí. La cuestión es que la expectativa y la incertidumbre me
estaban matando… hasta que llegamos. Pleno campo. No había nada alrededor. Dejamos
los bolsos y fuimos a caminar, a buscar gente, a avisar que llegamos. Y desde
ahí no paré de sorprenderme. El primer nene que vimos, Wilson, nos ayudó
diciéndonos para donde estaban las casas. “Acá nomás” dijo, señalando para atrás
de su casa. No me acuerdo si alguien se lo pidió, pero nos acompañó. “Acá nomás”
había dicho… todos sabemos lo que significa eso; digamos que el ejercicio nunca viene mal. Nos dividimos y avisamos
casa por casa las actividades que íbamos a realizar. Volvimos. Las noches eran lo más difícil: el frío que te helaba hasta los huesos: no importaba cuántos pares de media, frazadas, aislantes, bolsas de dormir tuvieras, el frío pasaba igual. (Y las lauchitas también, pero a ellas les hacíamos una cama y listo, dormían con nosotras).
Ese año no hubo
muchos chicos, entre el camino que tenían, el horario, el frío y todo lo que implicaba venir eran
pocos, veinte o treinta. Pero qué lindo fue. Tres enanos incondicionales, desde el primer día
hasta el último. Las familias, increíbles, te veían desde lejos y sacaban
sillas, traían la pava y la tortilla. No lo podía creer. Hablábamos, nos contaban cosas de su vida, nos mostraban sus corrales, todo. (Ok, bueno, te acepto que me costó un poco el tema de ver a los cabritos en varios estados). También hubo baile, silencio, más charlas, juegos y varias actividades. Y todo eso extraño.
¿Y el último día? ¿Cómo hacés para no llorar? ¿A quién le
gustan las despedidas? Eso sí, lo que te llevás de ahí no te lo saca nadie. Y
lo hermoso que fue volver, no sólo a Añatuya, sino ahí, al Desvío y ver a esos
tres enanos hermosos que te están esperando y te acompañan todo el día, con
llovizna, frío, no importa. Las familias también se acuerdan, cuentan de su
año, nos preguntan a nosotros, se acuerdan de los que no pudieron volver… Eso
sí marca. Y otra vez la horrible despedida, que me vuelve a llenar los ojos de
lágrimas. ¿Pero sabés qué? También me infla el corazón de orgullo por
haber ido y haber vuelto. La sonrisa de ellos no me la saca nadie.
Yo también me sorprendí.
Y debe ser por todo esto que resignar lo que uno quiere cuando sabe que no puede,
cuesta y duele.
Yo sé que ya lo conté, pero será que el tiempo y algunas cosas me hacen contarlo de nuevo... Ya lo dije, la realidad quiere que pongamos siempre los pies sobre la tierra.
(Evidentemente esto no me sirve para la actividad, voy a
tener que hacer otro.. Y bue)
No hay comentarios:
Publicar un comentario