Ayer pensé que podía sacar un poco de mí si perdía una hoja
de mi libro.
Borrar una etapa de mi vida no sería fácil, pero a todos les
gustaría. Y si de gustar se trata, ¿quién no quiere tentar a la suerte? Esa
emoción y adrenalina de querer que algo “se pierda” porque “así lo quiso el
destino”. Somos adictos al destino, somos adictos a la irresponsabilidad de
nuestras vidas. Es más fácil aceptar que algo más grande que yo quiso que se me
caiga la piedra que me regalaste en el puente, perderla, y que se lleve un poco de vos. Es mucho más sencillo creer que pasó porque tenía que pasar y no porque
yo quise que así fuera. Y si no funciona, si con esa piedra vos no desaparecés,
entonces hay alguna señal que nos dice que falta todavía para poder avanzar. Me
encanta la ilusión. Y desearía poder decir aunque sea sólo en un susurro que
entendí que no se trata de tentar a la suerte para perder la piedra, porque la
piedra no existe, es un símbolo. La piedra no te tiene a vos. Ese objeto es
nada más que materia. Yo soy la que te tiene y no hay forma de que esa parte en
la que estás se pierda porque es ni más ni menos que mi vida.
Sigo pensando mientras que nadie me escuche, que cuanto más
lejos está esa piedra, más oscura queda esa parte de mi vida. Mantené el
secreto entonces: mientras yo hablo, mi vida se quema a mis espaldas.
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