Conozco a alguien que alguna que otra vez empezaba su clase
tirando un borrador contra el pizarrón y preguntando a los alumnos qué había
hecho. Todos respondían pero él les mostraba que según el punto de vista de
cada uno podía haber sido algo diferente. También decía “no me crean nada de lo
que les diga” para que cada uno forme su propia opinión.
Decir que es obvio es fácil, pero entender de verdad que hay
que ser muy abiertos y predispuestos para poder ver el punto de vista de otro
no es NADA fácil.
Por ahí es por eso que hasta que la situación no está lo
suficientemente lejos no te das cuenta de cómo actuaste. Todos te lo dicen pero
vos lo ignorás. ¿Por qué? Porque tu perspectiva es otra. Quizá estás tan
implicada en la situación que cuesta mucho ser objetiva, o por ahí el tema de
los sentimientos te complica la vida.
Una de las consecuencias es darte cuenta tarde de tu error y
querer pedir perdón o arreglar las cosas cuando ya no tiene sentido. Otra, un
poco más graciosa y común, es el típico “¿yo era así de pelotuda?” cuando lo
ves en otra persona.
Supongo que de alguna manera lo que quiero decir es otra
filosofía de vida “siempre tratar de ponerme en el lugar del otro”. No te digo
que voy a poder, porque hay cosas que sí son imposibles, pero a veces hay que dejar el
impulso de lado y dejar que el tiempo haga lo que sabe hacer: calmar lo malo,
dejar lo bueno y a la larga permitir olvidar y borrar (aunque a veces se torne demasiado difícil si los demás no ayudan, pero como diría Barney: Challenge accepted).
(Contame por qué siempre que se acerca el tema “parcial”
escribo más y estudio menos, cuando debería ser al revés. Bueno, cuando me vaya
mal voy a tener material para el blog.)
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