No sé cómo llegué acá. No me acuerdo. Es uno de esos
segundos de película que se hacen eternos porque vos lo parás. No entiendo
nada. Estoy contra la pared, temblando. Sí, eso, estoy temblado. ¿De frío? No,
me parece que estoy temblando de miedo. ¿Estoy en shock? Siento la cara mojada,
pero no estoy al aire libre, no llueve. Estoy llorando, sí. Tengo a alguien en
frente. Lo reconozco y le quiero hablar. No puedo hablar. Lo que es aún peor:
no puedo respirar. Eso. Me acuerdo. Ahora sí me acuerdo cómo llegué acá…
Apareció y yo lógicamente no entendía nada. Se acercó y sin
decir nada me acarició el cuello. Me acarició. Estaba ahí, no estoy loca. Debí
hablar entonces, y si hubiese sabido lo que seguiría probablemente… No, no te
voy a engañar. No podía hablar y ahora tampoco hablaría. Casi como un reflejo
cerré los ojos. “Los abro y no está. Es obvio que no está” pensé. Pero los abro
y sigue ahí, parado, firme, seguro. “¿Seguro? No, estoy loca. No está” Estaba.
Y lo que siguió fue peor. ¿Qué podía ser peor que esa caricia que me
estremecía? ¿Había algo peor que esa seguridad asombrosa y avasallante? Su
mano, que seguía rozando mi cuello, lo rodeó. Despacio, como quien pretende que
su presa se acostumbre y se adormezca con su perfume, fue apretándolo
aumentando la presión. Presión. Pareció eterno y debieron ser sólo unos
segundos. Esos segundos en que lo indefenso mostró su cara. La verdadera, la
que no pierde tiempo, la que ríe y pelea solo cuando gana. Yo podía sentir que
el aire apenas pasaba. Quiero respirar, hablar, tragar, gritar. Y me doy
cuenta de que tengo solo una mano libre, la izquierda. Ilusa trato en vano de
sacar la mano. Y a un segundo de morir todavía tengo la creatividad para
sorprenderme: toco su mano y no parece hacer fuerza, casi como si no estuviera
realmente intentando matarme. Camuflaje. Es todo el disfraz del depredador
regodeándose en su gloria. Y justo cuando pensé que la fuerza era demasiada e
irresistible me sentí liviana. No había más fuerza, no había más perfume y no
había más luz. Ya no había nada con que pelear. Ya no había nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario