A pesar de saber que estaba llegando tarde, caminaba lento, tan lento
como me lo permitían mis temblorosas piernas. Repasé en mi cabeza diez veces
cada una de las palabras que tenía que decir y trataba de imaginar cada posible
respuesta. El cielo ya no estaba azul, se veía naranja y tronaba cada vez más
fuerte. Apuré, muy a mi pesar, el paso. Doblé la esquina y crucé la calle
esperando no verla, sin embargo ahí estaba. Será que la noche estaba muy
ruidosa o quizás fue solo la impresión de verla, pero no pude seguir. Frené, no
estoy orgulloso, por algunos minutos. Podría inventar excusas, podría mentirles
y decirles que el colectivo tardó más, que me tropecé, que la barrera estaba
rota… pero entonces, ¿cuál sería el sentido de contarles esto? Me quedé
mirándola, me aturdí. Se la veía nerviosa pero al mismo tiempo resignada, como
si ella supiera mejor lo que estaba a punto de pasar. Hoy les puedo decir que
sí, que estaba segura de lo que iba a pasar, y yo... yo creo que en algún punto
también lo sabía, solo que nunca lo quise creer hasta que pasó.
Hubiese querido parar ahí, y sé que si la hubiese podido escuchar reír
me hubiese ido, ese sería hoy mi último recuerdo. Hoy en lugar de repasar
palabras en mi cabeza, trato de imaginar qué podría haber hecho para que todo
fuera diferente, y siempre, no me preguntes porqué, termina igual. Será que fue
como el final de un libro, que aunque no te guste y aunque vos creas que lo
podés cambiar, ese es el final que tiene que ser. El que encaja, y el único realmente
posible.
Seguí caminando, ahora más despacio y con el miedo hecho un nudo en mi
garganta. A unos pocos metros levantó la vista del suelo y me vio. Y si hay
algo que no voy a olvidar es su expresión. Yo esperaba…nervios, duda,
incertidumbre, alegría, enojo, no sé… pero lo que vi, de la manera en que me
miró… simplemente no lo pude aguantar. En sus ojos no había nada más que
decepción.
- Hola – dije evitando su mirada. Hasta el día de hoy sigo
preguntándome qué vio en mis ojos. Me hubiera gustado que me lo dijera…
- ¿Tenés lo que te pedí? – siempre a tono, su voz era tan fría como su
mirada.
- Sí – entregué las cartas que había traído. Esas malditas cartas que
nunca debieron existir.
- Gracias, te podés ir.
- ¿No me pensás decir nada? – dije. Yo también a tono: mis piernas y mi
voz temblaban. No, no era valor lo que me llevó a preguntar eso. Supongo que fue una
mezcla entre el tenerla enfrente y la necesidad de escuchar su voz, que, a
pesar de ser fría era…suya. Respondió, sí. No hay nada peor, ¿saben? Que ver a
tus propios miedos, esos que te preocupás por callar y dibujar de día y que
crecen de noche, materializarse enfrente tuyo en una persona que…que… perdón.
Dijo mucho y aunque quise escuchar y recordar cada una de sus palabras,
bueno… creo que fue algo como:
Podría decirte tantas cosas pero sé que no vas a escuchar. O sí,
esucharás alguna que otra cosa pero nunca vas a admitir nada. Me podrás negar
que tenés algo que ver con las cartas y eso se va a saber después de la
investigación, pero en lo que respecta a nosotros creo que no te puedo decir
mucho. No sos la persona que eras, y esto que sos es algo que no me interesa
conocer. Te esperan en tu casa, es tarde y lo que menos vas a querer es una escenita.
Y me echó, o lo intentó y al ver que yo me resignaba a irme se fue. La
intenté convencer… no sé bien de qué, porque sabía que tenía razón pero quería
que ese minuto durara más. Si hubiera sabido todo lo que iba a pasar…
- Bueno, eso es todo. Es probable que nos pongamos en contacto con
usted, así que quédese cerca.
- No se preocupen, no hay nada que me interese más que saber quién fue
el responsable.
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