Yo sé que no creés en las promesas. Todavía puedo escuchar tu voz en mi
cabeza, que todavía no se digna a despedirte: “Son palabras sueltas. Cualquier
brisa suave, estúpida y silenciosa las arrastra y las hace desaparecer. Quedan
en ese rincón, el olvido, tapadas por el polvo. Sí, puede ser que alguien las
rescate algún día, pero hasta entonces no sirven. Hasta que no se convierten en
hecho son algo etéreo que flota sin rumbo. Van al cielo con la esperanza de
volver algún día a la Tierra. No tienen fin.” Esa manía tuya de embellecer (y
complicar) hasta la comida del mediodía. Tu estrategia tan particular de
criticar las palabras usándolas con tanto cuidado y haciéndolas sonar como
música. Parece que algo aprendí después de todo.
No es por contradecirte pero yo sí creo. Y porque creo hoy estoy
dispuesto a prometerte todo lo que necesito y todo lo que sé que voy a
conseguir.
Te prometo que mañana nos vamos a ver, y que va a ser como si no
hubiera pasado un día. Prometo volver a hacerte reír como esas tardes en el
café. Prometo no usar paraguas cuando llueva y molestarte con el pelo mojado.
Prometo caminar de la mano con vos mientras te cuento mi vida, y vos la tuya.
Te prometo sonreír viendo tus ojos y desear tu boca como el primer día. Te
prometo que será como dos amigos que se vieron de casualidad.
Te prometo que vamos a estar solos en el mundo para mí. Y sobre todo te
prometo que voy a ser feliz, y así voy a cumplir tu mayor deseo, como alguna
vez te prometí.
Mañana en mis sueños todas mis promesas van a convertirse en hechos.
Mañana a la noche van a bajar del cielo de nuevo a la tierra. Y con ellas,
aunque solo sea por un rato, vas a bajar vos también a hacerme compañía.
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