jueves, 28 de octubre de 2010

Extraña la situación

Se dio cuenta, tarde, pero lo hizo. No lo extrañaba. Ya hacía tiempo que no pensaba en él. No podía negar que el verlos le causaba un profundo rechazo, pero no era él a quién extrañaba.

Extrañaba el amor, sí, pero sin nombre. Extrañaba saber que alguien estaba pensando en ella. Extrañaba volver a su casa con su perfume en su ropa y una sonrisa en su rostro. Extrañaba que la hiciera reír y sonrojar sólo con una mirada. Extrañaba poder gritar, soñar, reír, llorar, confiar incondicionalmente en esa persona. Extrañaba la visita, la sorpresa. Imaginaba y soñaba con volver a descubrir, volver a sentir, volver a vivir eso que no se puede explicar.

Al principio el vacío la abrumó, la asfixió tanto que creyó que no podría seguir, que no podría salir. ¡Y qué ilusa fue! ¿Por qué no habrá visto cuánto amor la rodeaba? Ese amor que no reemplaza otro, pero que a la vez es irremplazable. Ese amor que sostiene, que levanta y que no se va. Por suerte lo vio, y no lo volvió a soltar. Reaccionó e intentó reparar su error. El amor la había cegado tanto que había logrado que no viera, justamente, el amor.

Hoy extraña, hoy quiere, hoy necesita aquello que ayer perdió. El tiempo se lo llevó sin dejar la posibilidad ni siquiera de decir adiós. Terminó como, dentro suyo, siempre supo que terminaría. Hoy eso que quiere está nublado, no tiene cara, no tiene voz, es sólo una sombra que espera por salir a la luz. ¡Y es eso a lo que ella le teme! A que la luz le muestre un rostro que ya se está dibujando en su corazón, y ella lo sabe.

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