Parada en el centro de la sala, veía a la gente entrar.
Llegaban todos tan bien vestidos, contentos o aparentando, era imposible darse
cuenta. Mientras se acomodaban orgullosos en sus asientos, cada uno tenía la
expresión de estar recordando todo aquello que le tocaba decir. Eran como actores
recordando orgullosos sus líneas. A pesar de que estaban ahí por ella nadie
siquiera levantó la mirada para verla. Todos vanidosos, chismoseando y regocijándose
en su gloria la ignoraban. Casi no parecía que venían allí a sentenciarla. La
justicia había llegado, decorada con vestidos apretados, excesivo maquillaje y palabras
de más.
El ruido de un golpe la distrajo de la multitud. Se dio
vuelta y vio la tarima donde estaba su verdugo, encapuchado como corresponde,
esperando ansioso para dar la sentencia. El silencio entró como un invitado a
la ceremonia, y los presentes se acomodaron para dar comienzo al festejo. Uno a
uno fueron relatando sus argumentos, sus confesiones, sus reproches y reclamos.
Con desdén la voz de algunos se alzó por las demás. El caos se hizo presente a
tal punto que para la protagonista era imposible distinguir aquello que decían.
Sólo llegó a escuchar palabras sueltas como “soledad”, “fiesta”, “alcohol” “lástima”,
que ya de por sí le dieron asco. Entre las personas pudo distinguir gente que
lejos estaba de calificarse como “amiga”, algunos otros que sí lo eran, por lo
que supuso que estaban allí para lograr una resolución diferente a la conocida,
y algunos otros desconocidos. Éstos últimos, al verlos, le pareció que estaban más
altos que el resto, sintiéndose más de lo que realmente eran: insignificantes.
Enojada y frustrada comenzó a gritar, les contestó y les
dijo lo que seguramente había querido decir hace ya mucho tiempo. ¿Por qué
ahora? Porque no había nada más que perder. Dijo lo bueno y lo malo. Cantó las
falsedades que veía, la poca vida, según su concepción de la misma que había en
la sala, la frialdad que estaba brillando bajo sus lujosos vestidos. Dijo los
te amo que a veces calló, agradeció las manos que la habían sostenido y se
disculpó por no haber hecho más, por no haber peleado como debería. Aconsejó a
todo el auditorio que no perdiera el tiempo. ¿Se estaba despidiendo? ¿Había
aceptado una sentencia no oficialmente declarada, pero sentada a su lado, invisible?
¿Quería cambiar algo? Nadie lo entendía, pero lo cierto es que a nadie le
importaba. En ese instante se dio cuenta: no eran ellos los que creían que podían
decidir si su vida continuaba o no (aunque de alguna forma u otra, algunos de
los presentes quizá sin saberlo realmente tenían ese poder). El que lo creía
era el encapuchado. Volteó la cabeza y le gritó que dejara a un lado su cobardía.
Si su disfraz era la muerte, que mostrara su verdadera cara. La persona tras la
tarima obedeció, quitó su capucha y allí estaba ella mirándose frente a frente,
con ella misma. La pobre podía sentir la mirada de todos en su nuca, sonriendo,
hasta que el ruido de las butacas se intensificó y los vio irse a todos, como
robots que habían terminado su tarea.
Quedaron solas. Y la sala quedó a oscuras, salvo por una
pequeña mesa iluminada en una esquina, con dos sillas enfrentadas. La antes
encapuchada se sentó y le hizo un gesto para que se sentara. Acto seguido le
dijo:
- Dejame convencerte de que es lo mejor. Lo que te toca lo
elegiste vos.
- ¿Y si te convenzo yo?
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