miércoles, 7 de agosto de 2013

La justicia vestida de negro

Parada en el centro de la sala, veía a la gente entrar. Llegaban todos tan bien vestidos, contentos o aparentando, era imposible darse cuenta. Mientras se acomodaban orgullosos en sus asientos, cada uno tenía la expresión de estar recordando todo aquello que le tocaba decir. Eran como actores recordando orgullosos sus líneas. A pesar de que estaban ahí por ella nadie siquiera levantó la mirada para verla. Todos vanidosos, chismoseando y regocijándose en su gloria la ignoraban. Casi no parecía que venían allí a sentenciarla. La justicia había llegado, decorada con vestidos apretados, excesivo maquillaje y palabras de más.
El ruido de un golpe la distrajo de la multitud. Se dio vuelta y vio la tarima donde estaba su verdugo, encapuchado como corresponde, esperando ansioso para dar la sentencia. El silencio entró como un invitado a la ceremonia, y los presentes se acomodaron para dar comienzo al festejo. Uno a uno fueron relatando sus argumentos, sus confesiones, sus reproches y reclamos. Con desdén la voz de algunos se alzó por las demás. El caos se hizo presente a tal punto que para la protagonista era imposible distinguir aquello que decían. Sólo llegó a escuchar palabras sueltas como “soledad”, “fiesta”, “alcohol” “lástima”, que ya de por sí le dieron asco. Entre las personas pudo distinguir gente que lejos estaba de calificarse como “amiga”, algunos otros que sí lo eran, por lo que supuso que estaban allí para lograr una resolución diferente a la conocida, y algunos otros desconocidos. Éstos últimos, al verlos, le pareció que estaban más altos que el resto, sintiéndose más de lo que realmente eran: insignificantes.
Enojada y frustrada comenzó a gritar, les contestó y les dijo lo que seguramente había querido decir hace ya mucho tiempo. ¿Por qué ahora? Porque no había nada más que perder. Dijo lo bueno y lo malo. Cantó las falsedades que veía, la poca vida, según su concepción de la misma que había en la sala, la frialdad que estaba brillando bajo sus lujosos vestidos. Dijo los te amo que a veces calló, agradeció las manos que la habían sostenido y se disculpó por no haber hecho más, por no haber peleado como debería. Aconsejó a todo el auditorio que no perdiera el tiempo. ¿Se estaba despidiendo? ¿Había aceptado una sentencia no oficialmente declarada, pero sentada a su lado, invisible? ¿Quería cambiar algo? Nadie lo entendía, pero lo cierto es que a nadie le importaba. En ese instante se dio cuenta: no eran ellos los que creían que podían decidir si su vida continuaba o no (aunque de alguna forma u otra, algunos de los presentes quizá sin saberlo realmente tenían ese poder). El que lo creía era el encapuchado. Volteó la cabeza y le gritó que dejara a un lado su cobardía. Si su disfraz era la muerte, que mostrara su verdadera cara. La persona tras la tarima obedeció, quitó su capucha y allí estaba ella mirándose frente a frente, con ella misma. La pobre podía sentir la mirada de todos en su nuca, sonriendo, hasta que el ruido de las butacas se intensificó y los vio irse a todos, como robots que habían terminado su tarea.
Quedaron solas. Y la sala quedó a oscuras, salvo por una pequeña mesa iluminada en una esquina, con dos sillas enfrentadas. La antes encapuchada se sentó y le hizo un gesto para que se sentara. Acto seguido le dijo:

- Dejame convencerte de que es lo mejor. Lo que te toca lo elegiste vos.
- ¿Y si te convenzo yo?

No hay comentarios: