domingo, 18 de agosto de 2013

Domingo

Me cuesta mucho aprender a distinguir entre un “¿por qué?” y un “¿para qué?”, concretamente en relación a lo que hago. Todo. Muchas veces tiene que ver con que no lo pienso, no me importa, no me preocupo, o eso aparenta en un primer momento. El problema aparece en un segundo momento cuando me enojo por la pelotudez que hice: sin entender bien si me enojo por lo que hice o porque no pasó lo que esperaba. Y ahí me cae la pregunta molesta como una espina que no se ve pero se siente “¿qué quería lograr con eso? ¿Para qué lo hice?”. La decepción más grande, mi traición más grande es hacer (o decir) cosas no por el hecho en sí, sino por su consecuencia. Mismo esto, no sé si quiero decir lo que digo o que pase algo por estar acá.
Por otro lado, si espero que pase algo concreto, ¿por qué no hacerlo directamente? ¿No soy yo la que se jacta de ser directa, la que aconseja sin parar que el tiempo no se pierde? Mierdas, puras mierdas. Si estuviera hablando con María Teresa seguro diría “lo que necesitás no lo proponés concretamente”, “querés que pase algo en tu vida y escribís en un blog, ¿no es una ambivalencia?”. Yo te digo, tenés razón, pero son las 16:30 y yo ya no sé más qué hacer.

Lo curioso es que no sé si soy más parecida a María Teresa o a Enrique. ¿Qué carajos?



(Lo más importante es que en una semana veo a Poxyclub)

No hay comentarios: