Los gritos, los reclamos y la indignación rebotaban en las
paredes como pelotas de squash. Yo te preguntaba por qué después de tanto
tiempo llegaba así, tan repentinamente, esta niebla de insultos. “Si me
hubieses dejado conocerte” susurraste antes de darte vuelta por última vez. Y
fue peor. Ya no me importaban los insultos, los gritos, los miedos o la confusión
porque sabía que con un paso más esto sólo se convertiría en recuerdo de
recuerdo de un sueño. “Está bien” dije, y en un intento desesperado por
demostrarte que quería cambiar decidí actuar. Me saqué el sombrero de la
felicidad, me despojé de mi coraza, y desabroché el chaleco del orgullo.
- Acá estoy, desnuda frente a vos. Sin protección, sin
personaje alguno, sólo yo y mi cuerpo. No busques tus marcas ni la de los que
me aman porque no están sobre mi piel, son mucho más profundas. No puedo
ofrecerte más que esto que hoy está a simple vista: mis defectos, disimulados
por el orgullo y mis virtudes, a veces escondidas atrás de los miedos. Prometo
darte lo mejor de mí, hacer lo posible para…
- No. – me interrumpiste con la más fría verdad – El problema
es que ya tuve lo mejor de vos, y lo perdí.
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