Hasta que nos damos cuenta que ya las palabras no alcanzan.
Escucho constantemente consejos o dichos sobre las palabras
y su insuficiencia, pero no sé si realmente lo creía.
Las palabras tienen mucha fuerza, y quien lo niegue no es
más que un hipócrita. Pueden enriquecer un día, lastimar muchísimo y marcar a
una persona. De hecho, a los chicos (infantes) lo que les decimos sobre ellos
va a influir sobre su mente, su personalidad y su accionar. Díganme
entonces que las palabras no importan. ¿A nadie se le cayó el mundo cuando les
dijeron algo? Y ni hablemos de los gritos o frases en discusiones, que son las
peores porque en el torbellino de la pelea se vomitan sin control pero quedan
archivadas bajo 7 candados.
Aunque su valor, peso y fuerza son innegables sí creo que
llega un punto en el que no alcanzan, y por lo poco que pude experimentar es
porque se gastan, se destiñen cuando son dichas muchas veces, casi por inercia,
por una persona a la que no se le tiene confianza. Se convierten como por arte
de magia en letras o sonidos sueltos, sin sentido alguno, que bailan al compás
de la voz. Las escucho y siento que es otro idioma, quizá en francés, porque
suena bien sin intender absolutamente nada. Para darles un ejemplo, es como si fuesen dichas así, con ese sentido y entendimiento. O, hablando mal y pronto, sería más bien como mandar fruta o chamuyo, hablar mucho sin decir nada.
Y para darle un poco más de crédito a mis amigas danzantes,
creo que a esa altura no hay hecho que revierta la situación.
Sonría, lo estamos filmando.
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