miércoles, 29 de febrero de 2012

Prendé la tele

Cerré los ojos y sin pensarlo me vi a mí de chiquita acostada en la cama intentando dormir. Nunca fue mi fuerte. Me di vuelta y vi la tele prendida. Recordé, mientras imaginaba, que de chiquita no podía dormir con la tele apagada y en silencio. Necesitaba el ruido. Sonreí todavía con los ojos cerrados y extrañé esos miedos que nos agarran en la infancia. La oscuridad, sólo por creer que hay algo ahí, que antes no estaba. “Quiero esos miedos”, pensé. Esas locuras de la imaginación, monstruos y quién sabe qué más. Cosas que no tienen nombre ni forma ni razón. Pero por suerte teníamos la sábana, esa que era como nuestro fuerte. Con la sábana y la luz estábamos a salvo de todo. Yo necesitaba el ruido. Decime entonces, ¿quién soporta los miedos de hoy? Nada más jodido que el miedo a la indiferencia, ese punto medio entre el odio y el amor. ¿Y el dolor? Lamentablemente ya no cuenta como miedo. Nos pasa a todos, todos los días. Y esa molestia que te agarra en la garganta cuando te das cuenta de que, por más que vos estés bien, hay alguien que no lo está. También muestra su otra cara el juego de la incertidumbre, esa que de día te da sorpresas, de noche asusta y te genera escalofríos. Pensás y pensás sin parar. Tu mente no se apaga, y todo es peor cuando escuchás el “tic, tac” del reloj que lo único que te recuerda es que el tiempo pasa y que puede no haber otro día como  hoy. Basta. Abrí los ojos y me concentré tanto como pude en lo que, hasta hace un tiempo, conseguía calmarme hasta dormir. Y será que no soy la única que cambia entonces, porque ya nada me calma. Eso, en especial, me arranca el sueño. Me cansé de pensar, me cansé del “hoy” y prendí la tele para volver al ayer. Solo por esta noche quiero dejar de escuchar ese silencio.

Lo malo de soñar es que en algún momento te tenés que despertar. Lo bueno de los sueños es que algunas veces te despiertan.

No hay comentarios: