En su cabeza sonaba su voz, la última vez que lo vio. Ella
quería convencerlo “pero no fue así, estás equivocado, yo no haría eso” y él,
enfurecido solo respondía gritando “¡Es mentira!”. Abrió los ojos para verlo
una vez más y su corazón se paró por un segundo. “Es mentira, es mentira” repetía
ella.
Se despertó sobresaltada. Su corazón latía a más no poder. Se
sentó en el borde de la cama y notó no solo que estaba transpirada sino que de
verdad tenía el rostro lleno de lágrimas. Si eso no era una señal, no sabía qué
podía serlo. Entendió en un segundo lo que tenía que hacer.
La semana siguiente casi nadie la vio. Salió poco y habló
con una o dos personas. Llegó el día. La rubia tomó su valija y se tomó el
primer avión a España.
Algunos dicen que hay mundos paralelos. En uno él la fue a
buscar al día siguiente, solucionaron sus problemas y viven juntos hasta el día
de hoy. En otro ella nunca se fue, nunca tuvo miedo de que algo le pasara y,
bueno, viven peleando pero sonríen todos los días. Y en otro simplemente nunca
se conocieron, cada uno sigue su camino sin saber del otro, y les va bien.
Ahora, si me preguntás a mí en cuál de los mundos su sonrisa
es la verdadera, no lo sé.
- En ninguno, papá. La verdadera es la real, y ninguno lo
es. Solo te pedí un consejo, no hacía falta que inventaras boludeces. – Mariana se paró y fue casi ofendida, pero yo sé
que algo le sirvió.
La puerta de entrada se abrió y una voz algo cansada dijo “El
calor es insoportable. Hoy no cocino, eh”.
Miré la mesa con la vista perdida. No pasaba un día sin que
me preguntara ¿qué hubiera pasado si ese 18 de marzo la hubiera perseguido
hasta España y la hubiera hecho entrar en razón? Suspiré cansado.
Entró en la habitación la recién llegada a la casa, la miré
a los ojos y sonreí. Sí, me preguntaba qué hubiera pasado, pero tenía en frente
a la persona que me había acompañado desde entonces. Mi sonrisa fue verdadera.
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