jueves, 16 de febrero de 2012

Perdidos en el tiempo

Parecía que todo estaba mal, pero no sabía cuán mal. La joven entró en la habitación y en cuanto lo hizo se estremeció. Comenzó a tembrar y gritó. Nunca había gritado igual. No podía moverse, no quería moverse. En el medio de la habitación yacía su cuerpo. Sin pensarlo se acercó a él repitiendo su nombre. Estaba tiezo, frío. Sus ojos estaban cerrados. Se alejó bruscamente, retrocedió hasta la pared y se dejó caer con los ojos cerrados y su rostro cubierto de lágrimas.
En su cabeza sonaba su voz, la última vez que lo vio. Ella quería convencerlo “pero no fue así, estás equivocado, yo no haría eso” y él, enfurecido solo respondía gritando “¡Es mentira!”. Abrió los ojos para verlo una vez más y su corazón se paró por un segundo. “Es mentira, es mentira” repetía ella.
Se despertó sobresaltada. Su corazón latía a más no poder. Se sentó en el borde de la cama y notó no solo que estaba transpirada sino que de verdad tenía el rostro lleno de lágrimas. Si eso no era una señal, no sabía qué podía serlo. Entendió en un segundo lo que tenía que hacer.
La semana siguiente casi nadie la vio. Salió poco y habló con una o dos personas. Llegó el día. La rubia tomó su valija y se tomó el primer avión a España.
Algunos dicen que hay mundos paralelos. En uno él la fue a buscar al día siguiente, solucionaron sus problemas y viven juntos hasta el día de hoy. En otro ella nunca se fue, nunca tuvo miedo de que algo le pasara y, bueno, viven peleando pero sonríen todos los días. Y en otro simplemente nunca se conocieron, cada uno sigue su camino sin saber del otro, y les va bien.
Ahora, si me preguntás a mí en cuál de los mundos su sonrisa es la verdadera, no lo sé.

- En ninguno, papá. La verdadera es la real, y ninguno lo es. Solo te pedí un consejo, no hacía falta que inventaras boludeces. –  Mariana se paró y fue casi ofendida, pero yo sé que algo le sirvió.
La puerta de entrada se abrió y una voz algo cansada dijo “El calor es insoportable. Hoy no cocino, eh”.
Miré la mesa con la vista perdida. No pasaba un día sin que me preguntara ¿qué hubiera pasado si ese 18 de marzo la hubiera perseguido hasta España y la hubiera hecho entrar en razón? Suspiré cansado.
Entró en la habitación la recién llegada a la casa, la miré a los ojos y sonreí. Sí, me preguntaba qué hubiera pasado, pero tenía en frente a la persona que me había acompañado desde entonces. Mi sonrisa fue verdadera.

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