martes, 8 de noviembre de 2011

Desvelar

Eran las dos de la mañana. Un poco más, un poco menos. Otra vez el insomnio me atacaba. Sin pensar mucho lo que hacía, aunque en realidad hacía meses ya que no pensaba, me acerqué a la ventana. El silencio del día de semana fue casi escalofriante. La ciudad dormía, quizás acompañada. Inspiré profundamente hasta llenarme con el aroma a rocío que entraba. Nada más reconfortante a esta hora. Nada más vivo. Vi la luna, blanca, brillante y rodeada por una neblina que le daba el toque místico que faltaba. Deseé, un poco egoísta, que las luces de las calles y las casas se apagaran para que sólo la luna y las estrellas iluminaran el cielo. Cuando mi lucidez volvió, y logré salir de ese estado de sopor, pensé qué hacer. Algo causaba este maldito insomnio y claramente tenía que poder solucionarlo. O buscarme un trabajo nocturno que permitiera, por lo menos, hacer un uso productivo de mi tiempo.
Me alejé de la ventana y comencé casi sin darme cuenta a caminar (como una loca) por el departamento mientras pensaba. Llegué al espejo y con un poco de espanto me vi. Imagen patética si las hay. Mi pelo enmarañado era sin duda la estrella. Quien no me conociera podría pensar que minutos antes fui atacada por algún oso, o que me había quedado sin Internet. Mis ojos, de no haber sido por el maquillaje corrido y por las grandes ojeras a las que ya me había acostumbrado, podrían haber sido los de una actriz apunto de casarse. Mi nariz…bueno, ya no tenía arreglo, y por más que lo tuviera no iba a gastar tanto en una operación. Mi fantástico pijama, una gran remera que llegaba hasta mis piernas, pronunciaba aún más mi pequeña estatura. “Mm…sexy” fue todo lo que pude pensar y una sonrisa se dibujo en el reflejo que me miraba. Dejando el humor a un lado, miré bien. Me concentré en los ojos. Esos ojos cansados que rogaban cerrarse. Yo los conocía mejor que nadie, y había algo en ellos fuera de lo común, o, mejor dicho, había algo que faltaba. Ya no brillaban. No devolvían la mirada, estaban vacíos. Intenté con fuerza perforarlos intencionalmente, pero nada ocurría. No tenían expresión. Me di cuenta entonces, a los golpes, que no era mi mirada la que buscaba encontrar ahí. Y era lo único que había. ¿Por qué me empeñaba en buscar otra cosa? Lo único en lo que tenía que ocupar mi tiempo era en devolver a mis ojos mi mirada. No pensar sólo en lo que quiero tener, sino en lo que puedo tener. Si no puedo tener lo que quiero me paralizo y llego al final del camino. Frente a mí sólo hay una pared y es eso lo que veo en mis ojos, una pared blanca que frena mis pasos. Tengo que dar la vuelta y cerrar ese camino. Mirar la luna, mirar el sol, que ardan mis ojos si hace falta, pero que vuelvan a brillar.
Dejé mis pensamientos vagar un rato más, hasta que volví a la pieza. Sin hacer ruido para no despertarlo, me metí en la cama y cerré los ojos. Habrán sido las cuatro de la mañana, y no sé si fue por las divagaciones o por resolver problemas pero finalmente me dormí.

(De nuevo, perdón por la falta de foco)

5 comentarios:

Anónimo dijo...

que mirada

Penny dijo...

Lástima que tengo un ojo más chico que el otro.

Anónimo dijo...

Es lo que la hace especial.

Ahora, répétez après moi: "zoy ezpezial!"



jaja

Penny dijo...

Claro, por blog hablamos todos en francés, pero en vivo y en directo no eehh (palooo). Bueno, el vaso lleno es que tengo una mirada especialmente deforme!

Anónimo dijo...

Es un vaso bien lleno de coca! =D