En el bosque, entre los árboles, sólo con la luz de la luna.
No se veían, no se sabían el uno del otro. Vivían como si fuera sólo su lugar. Pasaban
día a día, disfrutando de la soledad, cada uno con su vida. Hablaban solos cada
tanto, para no perder la costumbre. Pensaban en voz alta creyendo no ser
escuchados. No se sabe cuánto tiempo pasó, pero llegó el día en que el viento
quiso intervenir. Y a su voz, quizás un poco más fuerte de lo normal, se la llevó,
paseándola por el pasto, entre las ramas y los yuyos hasta llegar a su lugar. Alguien
la recibió, sin saber muy bien si era su propio eco. La curiosidad pudo más y,
sin poder contenerse, contestó. Algunos dicen que lo hizo sólo imaginando que
su propia mente le estaba hablando, aprovechando la soledad del lugar. Nuevamente
un oído sorprendido. Se rumorea que su intuición era más fuerte, y que siempre
supo que alguien respondería lo que sin intención había salido de sus labios. Tardaron
algún tiempo en acostumbrarse, alguno más reacio, el otro con más miedo. Ya no
estaban solos y lo sabían, sin embargo no se buscaban. El día a día era lo
mismo, sólo una nueva rutina: cuando el sol caía, y el bosque se llenaba de
sombras y se teñía de naranja, se llamaban por apodos y se contaban pequeñas
cosas.
Nunca se supo quién intervino entonces, tampoco se dice si
se buscaron, pero llegó el día en que se encontraron. Se miraron. Ya no hubo
rutina, ya no hubo apodos y la ilusión ciega, esa que los acompañó, se disipó. Y
quisieron volver a correr solos por el bosque, buscándose pero sin querer
encontrarse de nuevo. Quisieron volver a jugar, pero ya nada fue igual.
“Sé que un gesto cura todo, lo que no lo cura el tiempo, pero
si la magia muere sola se va con el viento” – Con el viento - NTVG
1 comentario:
Poesía pura.
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