Ayer se estremeció porque de su boca salían palabras que
tenían que ser suyas. Un espejo, quizás. Hoy sabe, aunque no lo diga, que esas
palabras eran un vano pero efectivo intento de sostener el último hilo de
vulnerabilidad que la sujetaba. Y ahora, que no hay más ilusiones llenas de
humo que embriaga, sigue parada, perdida mientras sus piernas tiemblan,
amenazando a su cuerpo con desplomarse en el suelo. No hay firmeza.
Hay que recuperarla.
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