“A veces los cuentos son invisibles [...]. Salen de la boca
de las personas y, agarrados del hilo de la voz, se le van metiendo dentro a
uno por el oído. Y, poco a poco, van construyendo algo. Después se apaga la voz
y se termina el cuento. Quedan algunas cosas: a veces imágenes fuertes, otras
veces apenas hebras, o el sonido de alguna palabra que vuelve una y otra vez,
que se mezcla con otras, que arde.[...] Otras veces es evidente que están
guardados adentro de un libro[...]. Se puede ver que el cuento
está porque hay señales: las letras. Y los dibujos. También en los dibujos está
el cuento. Se apaga la voz, se cierra el libro. Quedan las ganas de volver a
abrirlo, de tocarlo, de mirar los dibujos y quedarse detenido, en suspenso,
sobre el misterio de las letras.”
“Silencio, está por comenzar la ceremonia. Pendemos de la
voz o de la letra. ‘Había una vez…’, y se abre la casa imaginaria, nos deja que
la habitemos. Al principio es extraña y tal vez nos sorprenda que haya cosas
que nos recuerden tanto el mundo, aunque todo el ritual- la voz, la modulación
de esa voz, el libro- nos señale constantemente que lo que ahí sucede ‘es’ y ‘no
es’ al mismo tiempo. Poco a poco nos vamos familiarizando. Le descubrimos
trucos a esa casa imaginaria, notamos que suelen estar dispuestas de cierta
manera las habitaciones. A esa palabra que viene ahí ya la estábamos esperando,
y a esa repetición también. Nos gusta anticiparnos y corearla junto con el que
cuenta el cuento.
El cuento sigue, es un hilo que no se corta. De pronto al
doblar un recodo, nos acompaña hasta la puerta. Colorín colorado: por aquí se
sale; este cuento se ha acabado: ya estamos afuera. Otra vez en el mundo.
Exiliados, hasta la próxima ilusión.”
Graciela Montes, La frontera indómita.
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