Hace silencio mientras la rodea un fantasma. No sabe si es
uno o todos juntos. Los desconoce, los hace inexistentes de manera inconciente.
A lo mejor si supiera, si entendiera y aceptara que todavía conviven con ella,
los podría eliminar. Pero no lo quiere saber, y por ello una lágrima cae sin
motivo aparente más que alguna palabra triste leída en una página vieja. ¿Es
acaso el libro su vida? El dolor de cabeza aumenta mientras las palabras que no
conoce se le atragantan hasta ahogarla. Aun si las conociera jamás las diría, pues
son su más grande secreto. Se las oculta a ella misma, por su propio temor. Son
aquellas las que se hacen un festín en su inconciente manejando su vida y sus
reacciones, son algo no cerrado, algo que sigue sangrando cada tanto.
El secreto se revela en sus ojos, y por eso ella no lo ve.
Sus labios se secan, las lágrimas caen más rápido y las manos
comienzan a temblar por el frío escondido.
“Pobre” se escucha en el fondo de la escena, “el fantasma es
ella y no se da cuenta”. El miedo de ser un fantasma frío la cubre, porque sabe
que cada día que pasa habita menos en la mente de quienes alguna vez sostenían
su mano. ¿Y ahora? Son desconocidos lejanos que deben tener algún que otro
recuerdo en común.
Pero el orgullo siempre puede más…
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