Como todos los viernes,
Don Julio, un hombre de 65 años que vivía en las afueras de la ciudad, salió a
su paseo matutino para comprar el diario y la comida para algunos días. Serio y
en apariencia austero se acercó al pueblo sin hablar con nadie, haciendo cada
tanto algún gesto con la cabeza a modo de saludo cordial. La gente mayor era la
única que lo saluda amablemente: se escuchaba de fondo algún “”Buen día, Don
Julio. ¡Qué alegría verlo!”. Los chicos, sin embargo, eran los más reacios a
acercarse a él, incluso algunos llegaban a temerle. ”Se teme lo que no conoce,
o lo que no se deja conocer” era uno de los comentarios más populares entre los
padres.
La verdad era otra.
Aquellos que daban un cálido saludo a Don Julio eran quienes habían llegado a
conocerlo en otra época, y quien lo ve, casi podría decir otra vida. Su casa
solía ser muy transitada por viajeros que venían
para conocer el lugar. Ellos disfrutaban de una acogedora estadía, en la que
entre la risa y el mate se forjaba una amistad. En esos tiempos Julio no vivía
solo, la casa se iluminaba además con la
presencia y los cantos de su hermana, Rosita, una mujer que se caracterizaba
por su amabilidad, contagiándola al resto. El tiempo pasó, pero Don Julio no se
olvida todavía de aquel día en el que una fuerte discusión con Rosita hizo que
se fuera sin mirar atrás, y, quizás por la distancia o un poco de orgullo,
nunca más volvieron a hablar. Todos los días, él se arrepentía, pero “ya es
tarde” se decía a sí mismo.
Al volver de su paseo,
nuestro protagonista, se sentó en la mesita de su pieza, a la que alguna vez
habían denominado “la piecita, humilde pero feliz”, a recordar aquellos
momentos. Ya no había visitantes; en la casa sólo quedaban algunos cuadros de
ellos y colores en las paredes de la alegría que habitó alguna vez esa pieza.
El ruido de la puerta los distrajo de sus pensamientos, y al abrir la sorpresa
fue mayor. Dos personas, una mujer y un joven lo esperaban del otro. Los
observó durante unos segundos en los que ninguno habló. Habían pasado muchos
años, incontables, pero había algo que no había cambiado: los ojos que le
devolvían la mirada eran las de su hermana.
- Él es tu sobrino –
dijo Rosita, señalando al muchacho con una sonrisa – Feliz cumpleaños – agregó.
Don Julio, que pensó que
quizás no era tarde, sonrió como hacía tiempo no lo hacía, y con un gesto los
invitó a pasar a la famosa piecita, ahora de nuevo humilde pero feliz.
(Consigna: 15 renglones. Resultado: el doble)
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