Amo las palabras pero no me alcanzan. O porque las amo, no
me son suficientes y nunca me canso. Si me tengo que despedir lo voy a hacer
una y mil veces, de todas las maneras posibles. Nos vimos una hora, 10 minutos
mínimo despidiéndome.
Siempre (que no existe, pero ponele que sí) me queda algún
perdón pendiente, y no porque no lo haya dicho, pero para mí con uno no
alcanza. No es raro tampoco que de un tiempo a esta parte se me ocurra algún
que otro gracias nuevo por descubrir. Es un problema. Las amo, pero las
palabras son un problema. No sé qué hacer cuando me agarran esos ataques de
locura (bueno, uno de mis tantos ataques) de un segundo (o una hora) de querer
gritar un gracias o alguna que otra palabra pasada de moda.
Igual ojo, que sienta ganas de hacerlo no significa que lo
haga. Mi estupidez tiene un límite (muy difícil de encontrar, pero está). El
secreto es decirla en voz alta cual hechizo de magia. Les aseguro que la magia,
si está, se va a escuchar. Es bastante fácil pensar las palabras, e inclusos
las cosas, pero cuando las decís (o las hacés) medio como que te das cuenta que
le pifiaste. ¿Por qué? Porque suenan (y se sienten) vacías de sentido. Es
entonces cuando ya no tenés ganas de decirlas, por más que las hayas dicho al
aire desde tu ventana. Ya no significan nada. Hay veces en las que incluso
suenan como sarcásticas y hacen que te des cuenta lo pelotuda que sos
agradeciendo algo que no existe. ¿Entendés ahora que las palabras vencen? Sí,
por eso el “para siempre” no existe. Las palabras las podés decir hoy, y dentro
de 10 años, y es altamente probable que no sientas lo mismo al decirlas, que
cambie la adrenalina, la emoción, el entusiasmo. Si te fijás bien tiene la
fecha de vencimiento abajo, escrita bien chiquita. Como yo estoy ciega muchas
veces no la veo, y pago las consecuencias, en parte por mi boludés. Todo llega,
muchachos, y aunque ame las palabras soy una convencida de que a veces es mejor
dejar que el señor silencio haga su trabajo. Ese sí que se expresa mejor,
porque cuando hay silencio del otro lado, nos guste o no, todos entendemos el
mensaje.
Me gusta jugar con las palabras, pero con los silencios no
se jode. Si los uso, los uso porque encajan, porque es lo que hay que hacer, porque
“ya no tengo tanto que decir”, o porque se gastaron tanto los sonidos y las
letras que ya ni se entienden y parecen sólo símbolos sueltos sin intención.
Sin intención, sin intención. Nada se hace sin intención, y
si no me creés preguntale a Freud. Holy shit!
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