Me siento como una nena. Una nena que tiene un regalo frente a sus ojos, y quiere abrirlo aunque sabe que no debe. Está ahí, casi al alcance de su mano, con sólo subirse a una silla (no está tan lejos de la realidad) lo alcanzaría, es lo que necesita. Mi juguete es esa pequeña caja de madera pintada, si mal no recuerdo, que está también al alcance de mi mano (sin silla de por medio). La quiero abrir y a la vez no quiero. Esa caja es la prueba de que no fue todo un sueño, que existió. ¿Por qué esa caja y no cualquiera de los otros juguetes que adornan mi habitación? No lo sé, imagino que es porque esa caja está llena de vos, de ese vos que ya no existe, de ese vos que sólo yo conocí. Porque en esas cosas, las más simples y las más graciosas, es donde más se ve tu esencia. Es por eso también que no puedo (ni debo) abrirla, porque sería un viaje, sería un volver a donde no se debe, sería recordar lo ya olvidado y hacer que todo lo dormido despierte de nuevo.
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