Me escondí, me agazapé en ese rincón a oscuras, que aún en días soleados era invisible. Estaba ahí, cerca de las cuadras más conocidas y transitadas, y nadie lo veía. Era hermoso, era perfecto para desaparecer, sólo con el silencio lo conseguí.
¿Por qué? Simplemente sentí la necesidad de irme, de alejarme y estar cerca a la vez. De ver todo desde otro punto de vista, desde otro ángulo. De ver lo que no siempre vemos, de mirar más allá de la luz y lo que ilumina, de mirar lo que no se ve a simple vista, de observar todo aquello que queda discriminado por ser común.
Estuve ahí por bastante tiempo. Vi gente pasar, vi la luz del día cambiar, vi lo que siempre veía pero ahora era diferente. Y entonces llegó la razón por la cual me escondí. Esa adrenalina que hace tiempo no sentía, esa que te demuestra que vas por el camino que tenés que ir.
Me escondí para encontrarme. Me encontré y salí. Me descubrí.
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