Saltá. Y yo salto.
Corré. Y yo corro.
Hablá. Y se me complica un huevo.
Porque para hablar hay que poder pensar, y no “hacer porque
te dicen que hagas”. Y además hay que saber que puede haber quien no quiera
escuchar lo que tenés para decir. Todos sabemos que hay cosas que cuando se
dicen te entierran. Hay que poder bancarse no sólo que no te quieran escuchar,
sino ese sentimiento amargo que queda después de que ya no hay más que decir. Porque
por lo menos, cuando callás, tenés algo adentro, miles de palabras guardadas, o
sólo dos con el peso de bastantes más detrás. Están ahí, ocupan lugar,
llenan. Ysí, un poco atragantan. Pero cuando las decís, y lo único que llega del otro lado es tu
propio eco, descubrís que no hay nada más adentro. Solo vacío. Y créanme, no es
fácil aguantar ese vacío que ya no atraganta, ahora asfixia.
Ya me cansé de saltar, ya no quiero más hacer lo que
me dicen por el sólo hecho de que me lo dicen. No gano nada. El problema es que ahora lo hago porque se me va de las manos.
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