lunes, 13 de julio de 2015

No me mirás, no te miro...

...ese era el trato.

Siempre le tuve un poco de rechazo a los espejos. No por la imagen física solamente, sino por todo lo que devuelve, sobre todo para alguien que constantemente piensa todas las variables posibles.

¿Por qué rechazar? Porque mientras no me mire al espejo sólo tengo mi punto de vista. Sí, puede ser egoísta. Soy mi cuento escrito en primera persona. No hay narrador omnipresente. Pero el espejo que más me asusta es el reflejo de los demás, porque es básicamente la imagen que vale. No es que tengo miedo porque sé que muestro algo que no soy. Muy por el contrario, intento siempre, con lo obsesiva que soy, mostrar lo que yo creo que soy. Y digo creo porque ¿se puede saber a ciencia cierta quién sos? Hasta por eso odio las fotos de perfil en general. Porque muestran sólo una cara, la más linda, claro está. Yo soy esa que sale maquillada, peinada y sonriente, con la única ropa que la hace ver flaca. Pero también soy la que se levanta despeinada, con ojeras, y con el maquillaje corrido. ¿Cuál es la verdadera? Yo prefiero no mostrar ninguna, porque son las dos caras de una misma moneda. Soy la que putea, la que llora, la que lee, la que piensa y no habla, la que siente y se hace la superada. Soy la petisa, la rubia, la gordita, la vaga y la inteligente. Soy la del humor negro, la complicada con la comida y la obsesiva de la ortografía. Soy a la que le cuesta olvidar, lo malo y lo bueno. Soy la detallista y la que baila hasta quedarse sin aire. Soy la que tendría que estar estudiando, y sin embargo explota escribiendo para que cuando le pregunten “¿todo bien?”, ella responda “Sí, todo bien”, en lugar de decir “Las pelotas”.  Si te gusta bien, y sino una lástima. Por eso odio los reflejos. ¿Cuántas personas te pueden devolver el reflejo completo de lo que sos, más que vos misma, que convivís con vos toda tu vida?

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