...ese era el trato.
Siempre le tuve un poco de
rechazo a los espejos. No por la imagen física solamente, sino por todo lo que
devuelve, sobre todo para alguien que constantemente piensa todas las variables
posibles.
¿Por qué rechazar? Porque
mientras no me mire al espejo sólo tengo mi punto de vista. Sí, puede ser
egoísta. Soy mi cuento escrito en primera persona. No hay narrador
omnipresente. Pero el espejo que más me asusta es el reflejo de los demás,
porque es básicamente la imagen que vale. No es que tengo miedo porque sé que
muestro algo que no soy. Muy por el contrario, intento siempre, con lo obsesiva
que soy, mostrar lo que yo creo que soy. Y digo creo porque ¿se puede saber a
ciencia cierta quién sos? Hasta por eso odio las fotos de perfil en general. Porque
muestran sólo una cara, la más linda, claro está. Yo soy esa que sale
maquillada, peinada y sonriente, con la única ropa que la hace ver flaca. Pero
también soy la que se levanta despeinada, con ojeras, y con el maquillaje corrido.
¿Cuál es la verdadera? Yo prefiero no mostrar ninguna, porque son las dos caras
de una misma moneda. Soy la que putea, la que llora, la que lee, la que piensa
y no habla, la que siente y se hace la superada. Soy la petisa, la rubia, la
gordita, la vaga y la inteligente. Soy la del humor negro, la complicada con la
comida y la obsesiva de la ortografía. Soy a la que le cuesta olvidar, lo malo
y lo bueno. Soy la detallista y la que baila hasta quedarse sin aire. Soy la
que tendría que estar estudiando, y sin embargo explota escribiendo para que
cuando le pregunten “¿todo bien?”, ella responda “Sí, todo bien”, en lugar de
decir “Las pelotas”. Si te gusta bien, y
sino una lástima. Por eso odio los reflejos. ¿Cuántas personas te pueden
devolver el reflejo completo de lo que sos, más que vos misma, que convivís con
vos toda tu vida?
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