domingo, 7 de diciembre de 2014

Envidia sana

Envidio la espontaneidad, la pérdida de límites lógicos. Siguiendo una línea más cursi, muy Cris Morena, la podríamos denominar como hacer lo que sentís. Así. De una. Sin medir o pensar si está bien o mal, si las consecuencias son las que esperás o no, sin analizar un por qué o un para qué. En realidad lo que más envidio es que no esperan nada. Hacerlo por el placer en sí mismo, como el juego. Daría lo que fuera por un día de locura.
Envidio a los pocos, si se me permite el atrevimiento, que saben y pueden decir gracias y te quiero con el peso con el que lo sienten. No debo ser la única que se queda con esas palabras atragantadas, que no las deja salir, pero que tampoco las hace desaparecer. Y no hablo de un te quiero efímero, volátil, y superficial, sino de ese te quiero que a veces, y sólo a veces, te da ganas de gritar. Hablo de ese amor que genera violencia, como diría una amiga. No violencia en sí, sino unas ganas de abrazar irreflenables. Qué fácil expresarlo en un blog, y cuánto más fácil es cuando ya es tarde y no hay nada que perder.
Y si lo digo hoy acá, es porque no tengo los ovarios todavía para expresártelo.

Un día sin filtro y se va todo a la mierda. Un día de locura que enamora. Pero no puedo, porque pienso que para superar las ganas de gritar todo esto, sólo tengo que esperar un día más. Listo.

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