Envidio la espontaneidad, la pérdida de límites lógicos. Siguiendo
una línea más cursi, muy Cris Morena, la podríamos denominar como hacer lo que
sentís. Así. De una. Sin medir o pensar si está bien o mal, si las
consecuencias son las que esperás o no, sin analizar un por qué o un para qué.
En realidad lo que más envidio es que no esperan nada. Hacerlo por el placer en
sí mismo, como el juego. Daría lo que fuera por un día de locura.
Envidio a los pocos, si se me permite el atrevimiento, que
saben y pueden decir gracias y te quiero con el peso con el que lo sienten. No
debo ser la única que se queda con esas palabras atragantadas, que no las deja
salir, pero que tampoco las hace desaparecer. Y no hablo de un te quiero efímero,
volátil, y superficial, sino de ese te quiero que a veces, y sólo a veces, te
da ganas de gritar. Hablo de ese amor que genera violencia, como diría una
amiga. No violencia en sí, sino unas ganas de abrazar irreflenables. Qué fácil
expresarlo en un blog, y cuánto más fácil es cuando ya es tarde y no hay nada
que perder.
Y si lo digo hoy acá, es porque no tengo los ovarios todavía
para expresártelo.
Un día sin filtro y se va todo a la mierda. Un día de locura
que enamora. Pero no puedo, porque pienso que para superar las ganas de gritar
todo esto, sólo tengo que esperar un día más. Listo.
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