Hoy fue un día rarísimo. Venía con un mambo importante en la
cabeza: todo un rollo existencial, energía acumulada y ataques incontrolables e
inentendibles de risa. Bueno, hoy paró todo. Estábamos caminando con amigas en
la cuadra del profe a eso de las 19, y en eso nos pasó caminando un pibe. No
llega a caminar más de dos metros adelante nuestro que se desploma en el piso.
Nos quedamos congeladas. (Mal) Empieza a temblar (seguíamos congeladas, muy
mal) En eso Dani (una amiga) grita: un teléfono, llamen. Otra amiga llamó a la
ambulancia. Cortó y el pibe (unos 20 años) se levantó, tomó agua y nos contó
que le pasa siempre, desde hace algún tiempo. Vino la policía, la ambulancia y
todo bien.
Pero vieron cómo soy yo, una loca que no puede dejar de
pensar las cosas. Fue uno de esos shock gráficos, como leí alguna vez, que
cambian la perspectiva de manera drástica. No te digo que me replanteé todo,
pero sí tomé dimensión de un montón de cosas. Será que justo fue al día
siguiente de hablar más o menos todo esto con un amigo, que un poco sin saberlo
me tiró la posta. Por un lado de cómo dependemos del otro, en más de un
sentido. Por otro nunca sabés cómo vas a reaccionar, pero de todo se aprende. Y
por último, algo que siempre digo: el tiempo es hoy, no lo perdamos en peleas,
discusiones, orgullo y demás; disfrutémoslo haciendo lo que nos gusta y nos
hace feliz. No hagas algo porque lo demás lo demandan, hacé algo porque lo
sentís, lo querés, te gusta y te hace bien.
(Si estás leyendo esto espero que no te joda)
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