La magia
existe, pero con miles de nombres de disfraz. Se quejan de que no hay tiempo,
que necesitan más horas e incluso superpoderes para sobrevivir el día a día y
no hacen uso de lo que puede salvarles la vida. Vienen y van, van y vuelven
gritando, agitando los brazos enfurecidos como si fuera un requisito para la
sociedad.
Su deporte
preferido es correr sin conocer el destino a donde van. No creen en las utopías
ni se toman tiempo para imaginar, hasta que está el último minuto en el aire
y les surge la idea de arrepentirse. No saben cuánto me río cuando escucho que
el culpable no es otro que el azar. Piden a gritos desesperados e indignados libertad como si no supieran que es algo que se construye y que depende de uno mismo. La cárcel los rodea y ellos no la odian, la idolatran. La contradicción emana de sus poros.
¿Y si yo
fuera una de ellos?
Me miré las
manos una vez más y no vi nada. No las vi por estar cegada. Eran las peores
esposas, las invisibles, las más frías: las mías.
La llave
soy yo, o por lo menos soy quien puede encontrarla y después de un tiempo,
llegó en forma de frase “las cosas pasan porque uno las permite”.
No me
engañan más, porque ya sé que el azar no existe.
Y sé que si
escribo no es más que por la ilusión, todavía con forma de esposas, de que un
poco de lo que pasa quede en la hoja y salga de mí. Encontrar la llave no es más
que darme cuenta de que eso de lo que quiero deshacerme es una parte mía. ¿Puede
alguien borrar una parte suya porque en algún momento fue de alguien más?
Perdón por
la chotada. Sepan disculpar las molestias.
Y sí, te
saqué algunos segundos de tu vida y, como diría Thai, son míos y me
refortalecen.
1 comentario:
La última parte me hizo recordar al pensadero de Dumbledore.
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