Me desperté escuchándote toser. Abrí los ojos sólo un
segundo y la luz que entraba en la ventada me cegó. “¡Qué delicado!” pensé mirándote.
Desaliñado, fumándome en la cara, con la ventana cerrada para intoxicarme pero
dejando entrar la luz para despertarme. Todo un galán.
- Ah, te despertaste. Hay para hacer café abajo, yo quiero
uno. – dijiste con voz ronca y fría, casi dando una orden.
- ¿Podés apagar esa mierda? Sabés que me hace mal.
Me ignoraste, te paraste y fuiste tan caradura de dejar el
cigarrillo encendido en el cenicero, mientras te ibas al baño.
Respiré y sentí una mezcla de olores repugnantes, el
cigarrillo, vos y tu olor a vergüenza. Me diste asco. Me cambié, bajé y salí.
Pero eso no fue nada comparado al momento en que me di
cuenta que el olor lo tenía encima. Mi ropa con olor a cigarrillo, mi cuerpo
con olor a vos, y el olor a vergüenza era mío. Por volver a tu cama, por
decirte que apagues el cigarrillo porque me hacía mal, y yo volviendo a vos,
que me hacés peor.
Sentí más vergüenza al aceptar que mañana iba a volver a
estar ahí.
4 comentarios:
Nice...?
Es claramente ficción
Mi especialidad.
Pero lo tuyo no era ficción.
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