Ya está. Hoy es de noche, hoy me cansé y hoy decido
callarme. Hablé, primero despacio, con miedo, y cada respuesta que recibía me
sacaba un poco las ganas de hablar. Después vinieron esas ganas irrefrenables
de gritar y de decir sin pensar, de escupir lo que ya no quería contener. Y lo
escupí sin medir, olvidando cada palabra una que vez que salía de mi boca. Grité
tan fuerte que ya ni yo me escuchaba. Entonces esperé una respuesta, una que sólo
una vez llegó con duda y temor, que decía no, pero por dentro yo escuchaba un sí.
Y el silencio invadió mis labios, se movían pero no producían sonido. Quería
volver a hablar, gritar, escupir, mentir, pero ya no había voz. El hablar y gritar sin que nadie escuchara me había dejado muda.
El día menos pensado volvió, ronca y reacia. Los sonidos
eran graves y apenas podían oírse. ¿Nuevamente presa de mis palabras? Dicho y
hecho. Y volví a gritar, pero esta vez recordando casa una de ellas, dejándome
llevar pero sabiendo que caminaba sobre una
cuerda… y peor: sabía que se iba a cortar. Casi que yo quería que se cortara rápido,
lo tomaba como una suerte de obligación. Y ¡adivinen! Se cortó. Y hoy decidí
que como la cuerda también se cortó mi voz.
Y hoy que decido callarme decido también por fin dejar de
condicionarme. Yo digo y callo lo que quiero y, al que no le guste, que no lea.
O que lea y cierre, me da igual.
1 comentario:
Si callás te estás condicionando de alguna manera.. creo. O capaz no entendí la metáfora, que es lo más probable.
Publicar un comentario