Ya no sé si tengo que abrir o cerrar los ojos. No distingo si están cerrados o no. Por momentos creo que lo mejor es mirar lo bueno, ver, recordar y sonreír, pero cada vez se hace más difícil. Resulta que no todo es como creí. Lo que creí que nunca se borraría, que siempre quedaría como arraigado a mí de a poco se va borrando, y no quiero. Ya no sé cómo era. Intento y veo cosas borrosas, o a veces hasta sombras que hacen que todo sea peor. Y mi mente, que siempre va en mi contra, sólo se empeña en arruinar y ensuciar con dudas y pensamientos los pocos recuerdos que quedan ahí firmes.
Ahora, cuando recuerdo, ya no puedo sonreír. Si recuerdo, no puedo separar nada del “ahora”, y eso sólo lo empeora. Hoy veo lo mismo con los ojos abiertos o cerrados. Hoy veo el hoy, y el ayer se perdió entre palabras y días, entre regalos y mentiras.
Me pregunto entonces, ¿por qué intentar recordar lo bueno, si, después de todo, nada dibuja una sonrisa en mí? ¿por qué abrir los ojos, si con mis ojos cerrados alcanza?
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