domingo, 10 de agosto de 2014

El ojo de la tormenta

Miro el teclado con desconfianza. Hace tanto que no escribo que tengo miedo. Aunque en realidad, siempre tengo miedo, por una cosa o la otra. Escribo casi obligada, sin mucho que decir, pero para evitar que el tiempo siga alejando a las palabras, hasta convertirlas en enemigas, o peor, en algo indiferente y desconocido. A pesar de que las extraño y de que sé que son necesarias para mí, sigo mirando el teclado con desconfianza. Pienso en qué decir, qué callar, en quién me lee y quién quiero que lea. “No leas”, suena como eco en mi cabeza, a lo lejos en algún lugar. Y sin embargo estoy sentada acá, presa de mis silencios.
Quiero decir tanto… Pero ahora, frente al teclado, solo me sale contar y criticar lo estructurada que soy, y de la falta que me hace algo que esté mal, que no sea políticamente correcto, que me corra del eje de lo que tiene que pasar. Necesito que haya algo que se aleje de lo “lógico”, y pase sólo porque se siente.
Creo que puedo contar con los dedos de la mano las veces que hice algo porque lo sentí y no porque era lo que había que hacer, sabiendo que estaba mal, sabiendo que no había una consecuencia positiva pero lo necesitaba. Peor: creo que todas esas míseras veces me arrepentí, porque me gana la estructura. Cuando lo que siento es pura locura. “No tiene que salir todo perfecto”, me dijeron hace poco, sin saber (o sabiendo) que no había frase alguna que se ajustara mejor a lo que me pasa.
El miedo es el ojo de mi tormenta. Frente al miedo lo único que puedo es preguntarme: ¿qué necesito?


Gracias, palabras, por no ser desconocidas, a pesar de la lejanía.

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