Envidio un poco a los que tienen la capacidad de recorrer con
liviandad sus pasos, de volver sin arrepentimiento a sus errores, superando sus
frustraciones y sonriéndole a sus pasiones etéreas.
Estoy fría y quieta, como si fuera la fórmula de frenar el
tiempo, y de extinguirlo de alguna manera. No me alcanza con esquivar la
mirada, y fingir que no está ahí, porque sé que me persigue, que me sopla el
cuello. Escalofríos.
No quiero vivir cargando el pasado en los hombros, y estoy
casi segura de que cada paso que doy no es más que trastabillar, apropósito,
para no llegar. Es como si a fin de cuentas lo único que cuenta es hoy. Y ni
siquiera hoy, con un simple “ahora” me es suficiente.
No quiero volverme indiferente. Para mí la empatía es lo que cuenta, y por eso no hay nada que odie más que
la apatía que ahora sobrevuela el globo, pero si todo es efímero, si todo da
igual, si todos se esconden detrás de un “cliché”, ¿por qué yo debería ser la excepción?
A fin de cuentas, no parece que ser la excepción de nada sirva para algo o
alguien.
Qué asco que no se pueda vivir sin mentiras, sin escondernos
detrás de otras palabras que no son las que suenan en nosotros. Un día sin
ellas y el mundo sería un caos. Manzana envenenada que nos pudre el cuerpo,
pero que sin ella no hay cuento.
Me da miedo mirar atrás, porque problemitas everywhere.
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